El Puntillo

Estoy rescatando una serie de posts sobre mi estancia hace (ya) tres (putos) años en Dinamarca (entre unas cosas y otras, nunca publiqué nada resumiendo aquel año). El caso es que he llegado al tema del alcohol y los daneses, y ese tema se me ha ido de las manos, tanto como para dar un post aparte. Aquí van esas conclusiones.

La Europa de la Cerveza frente a la Europa del Vino.

Siempre tuve curiosidad por el norte de Europa. Por conocer la Europa protestante frente a la católica, la de la cerveza frente a la del vino, la de la mantequilla frente al aceite de oliva. La del clima de mierda. La de corrupción cercana a cero… (No entro a hablar de la tercera Europa: la ortodoxa, la del vodka, la de pasado comunista y corrupción por las nubes). Hasta 2009 apenas había salido de España y en apenas tres años, ya veis, taché de mi lista Suecia, Alemania, Noruega, Islandia, además de haber vivido un año en Dinamarca y otro en Reino Unido. Creo poder decir que un poquillo los conozco. Y esta es mi conclusión clara: estos guiris son unos borrachos.

(…)

En verano de 2001 tuvimos por dos semanas una estudiante irlandesa de intercambio en mi casa. El segundo fin de semana, nos la llevamos a una casa de campo para tenerla bajo control y evitar que la liara como hizo el primer fin de semana: tanto el viernes como el sábado tuvimos que ir mi padre y yo al parque del pueblo a recogerla porque había alcanzado el coma etílico en tiempo record. Según mi hermana, que era quien la llevo de botellón con sus amigos, quería ‘enseñarnos cómo se bebe’ a los españoles, pues según ella eramos unos aburridos y la estábamos decepcionando. 14 años tenía aquella prenda.

Bueno, siempre podéis decir ‘es un caso puntual’; es más, hablamos de irlandeses, que si son conocidos por su amor a la Guinness (que me encanta, por cierto)

Y aún me podréis decir, ‘hombre, en España también nos gusta el alcohol, ¿dónde no?’, aquí también hay mucho borrachín, por nada montamos una fiesta, y nos encanta la noche. Y para colmo, el alcohol es barato, al menos si lo comparamos con otros países (En Dinamarca, no por menos del triple).

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Que si, que nosotros también sabemos liarla cuando nos da por ahí…

Pero la diferencia esencial que nos distingue, a los guiris de los latinos, más allá de la religión, o del conflicto entre mantequilla o aceite de oliva, es que a nosotros nos gusta el puntillo.

 

El Puntillo.

El puntillo, que arte. Esa alegría, esa locuacidad, esa desinhibición, esa exhaltación de la amistad… Y un arte es alcanzarlo, quieres pillarlo pronto, pero mantenerlo el máximo posible de tiempo. Y calculando para no abandonarlo, ni por defecto, ni por exceso. Do-si-fi-can-do. Divirtiendose, pero con identidad, con control. Mola beber, pero también mola seguir estandoVale, sabemos que no todo el mundo sabe cuando levantar el pedal, pero por norma general, incluyendo a adultos (la copa de vino diaria) y jóvenes (la cultura del botellón) nos gusta la fiesta, no el desmadre.

Bien, pues por lo visto, esto es patrimonio nacional. La sensación que me llevé es que en el norte el objetivo de toda ‘fiesta’ es simple: el coma etílico. Quien llega antes a él, gana. Si en el proceso puedes derramarle la copa a unos cuantos a base de codazos, mejor. No recordar la noche anterior, la mayor de las condecoraciones. Y si hay que empezar a beber a las 7 de la tarde, que así sea. Para colmo, cuando los jóvenes vienen aquí (el llamado ‘turismo de botellón’), al país-fiesta-y-sol, y ven que nuestra ‘fiesta’ es beber mientras charlamos y pelamos pipas, piensan ‘¿Esto qué es? Voy a enseñarles lo que es «fiesta» de verdad’.

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Porque hay categorías y categorías

 

Esto, los jóvenes. ¿Y los adultos? Bueno, Copépodo describió bastante bien lo que es una ‘fiesta’ en los EEUU. Quitando los horarios, el concepto y el espíritu de socializar es universal. Ahora, ni de coña beber entre semana. Entre semana se trabaja, punto. Si, son gente disciplinada. Pero ¿al llegar el fin de semana? Bueno… tengo otra anécdota que contar.

En Dinamarca me hice amigo de un pinche de cocina barcelonés. El se había casado con una danesa, y según él, llevaba un estilo de vida como pinche -siendo el último mono en la cocina- miles de veces mejor que el que tenía en Barcelona como jefe de una editorial (incido en ello porque me vendrá al hilo en futuras entradas). Pues bien, me contaba que al conocer en España a la que ahora es su mujer, al principio llegó a creer que su entonces aún novia tenía verdaderos problemas de alcoholismo.

Por lo visto, sus dudas se disiparon al venir por primera vez a Dinamarca: la pequeña fiesta de bienvenida en la casa de los que serían sus suegros acabó con él, junto a su futuro cuñado, arrastrando a su respetabilísimo vecino septuagenario hasta su propia casa y cama.

Me contaba que fue la primera vez para él ver algo así. Pero no la última.

(…)

Total, que como dijo el gran Carl Pirelli Lewis, la potencia sin Control no sirve de nada. Buenas noches.

US sprinter Carl Lewis appears in a new Pirelli tyre advertisement which will be unveiled in Britain..

La Cultura Ñorder (oda a la mierda de WhatsApp)

Son las 5 de la mañana. Muy rico esto de levantarse cada díajjfszzzzzzzzz…..

(…)

Me encanta la mierda del Whatsapp.

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Es el fistro de las mierdas. Vale para todo, lo mismo para un roto que para un descosío.
Si la lías por culpa del autocorrector, nada que no puedas solucionar con una buena mierda.

caca1Y es que si ella puede sonreír, nosotros también podemos.caca1

 

 

Como la que he echado esta mañana. Una mierda sólida, íntegra y coherente. Alegre como Kim Jong-Un, y campechana como el Rey Juan Carlos. caca1
Alcanza a clasificarse para la Copa Classics 2014, pero cae en fase eliminatoria.

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La condecoro, a título póstumo. Ñordón de Oro y medalla de Cagarlos III. Las condecoraciones más altas que puede recibir una mierda en este país.

caca1Una buena mierda, me va a costar despedirme de ella. Le deseo un buen viaje.
Le envío una pequeña compañera, para que no se sienta sola. Se nos van siempre los mejores, snif.

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A la pequeña, la he llamado Danny de Vito.

A la grande, Sor Zenegger.

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Buenos días a todos :D

La suerte del observador

Me considero una persona de relajadas costumbres, eso bien lo sabéis los que conocéis, y más de una vez lo he comentado en el blog. Soy tranquilo, remolón, y con una lamentable tendencia a la impuntualidad en situaciones banales. Al mismo tiempo que, diré en me defensa, no solo he sabido cómo hay que hacer las cosas cuando llega el momento, sino que también sé cuándo llega ese momento de ponerme las pilas (cada vez más a menudo, por cierto, y especialmente cumplidos los treinta).

En cualquier caso, tal vez de forma general y un tanto vaga, diré me considero un tipo que ha tenido suerte.

‘Suerte’ tiene muchas definiciones, y es un tema que da para muchas otras entradas, ofcors. Está por ejemplo la postura de aquellos que afirman categóricamente que la suerte no existe, solo existe el trabajo (y de esto, os juro que hablaré).

Por eso, dejaré claro qué es lo que entiendo por buena suerte: aquello improbable y fuera de control que en caso de acontecer, juega a tu favor.

Dehesa Jiennense

Los derroteros de un camino imprevisible para el que no siempre puedes estar completamente preparado.

Lo de la impuntualidad lo he mencionado específicamente porque (ya me extenderé en otra ocasión) implica apurar el tiempo, y esto es esperar no solo que nada salga mal sino también a veces (muy imprudentenemente, lo concedo) contar con que lo que parece tener mayores probabilidades de salir mal, salga bien.

Pondré ejemplos: a pesar de esa tendencia mía a apurar, personalmente jamás he perdido un vuelo (aunque estuve cerca una vez, y definitivamente estuvo lejos de ser culpa mía), pero conozco a personas cercanas que los han perdido repetidas veces, que lo hacen sistemáticamente, por cosas tan sencillas como no mirar el reloj, o no haber cambiado la zona horaria, o no haber calculado el tiempo necesario para facturar. Incluso por esperar demasiado y relajarse estando ya en la zona de espera (lo juro que es real). Y no hablo de gente necesariamente de costumbres relajadas, a algunos de ellos los calificaría incluso de ‘nerviosos’ e hiperactivos. Es totalmente real lo que hablo, e insisto, hablo de perder vuelos, no de perder un bus que sale cada 15 minutos (los cuales, hablando de nuevo de mi, si he perdido más que bastantes veces). Gente que, consciente o inconscientemente, dejan cosas al azar, cosas que luego salen mal, y que luego dicen que en su vida tienen ‘mala suerte’.

(…)

Aquí entra por fin el experimento que Richard Wiseman, un psicólogo estadounidense hizo hace un par de años.

El experimento consistió en reunir a dos grupos de gente: aquellos que se consideraban a si mismos con buena suerte en la vida, y aquellos que se consideraban con mala.

Wiseman les dio a individuos de ambos grupos una revista y les pidió que contaran cuantas fotografías había en ella. De media, aquellos con mala suerte tardaban unos dos minutos en contar todas las fotos, mientras aquellos con buena suerte completaban el reto en unos segundos.

¿Cómo era posible? Porque aquellos ‘suertudos’ encontraban un mensaje en la página dos que decía: «Para de contar. Hay 43 fotografías» ¿Y porqué los desafortunados no lo conseguían? Estaban tan enfocados en contar las fotos, que se les escapaba el mensaje.

(aquí, *.PDF)

La idea es clara. Si te enfocas demasiado en buscar un tipo concreto de trabajo, perderás otras oportunidades. Si te centras demasiado en buscar pareja, te perderás encontrar buenos amigos, etc. En otras palabras, ‘detente a ver los lados del camino’. Ese proverbio es conocido desde siempre. Sin embargo, me encanta como el anterior experimento lo ilustra y demuestra empíricamente.

*(Más: «La guía del ‘perdedor’ para tener suerte»)

Hablaba antes de la gente que no sabe controlar cuando relajarse, y luego resulta que pierde aviones. O se queda sin gasolina. O falla en la fecha de un examen. O llega tarde a una entrevista de trabajo. Y luego, dicen que ‘tienen mala suerte’.

Atardecer Refulgente

Yo puede que sea un tipo de costumbres relajadas, pero algo dentro de mi pertenece atento a nivel subconsciente, y cuando llega el momento me salta una alarma, me entra un ‘calor’ que hace click y me pone en modo execute.

Desde aquí, abogo por una actitud más reflexiva y contemplativa, de mirar alrededor y observar, pero siempre combinada con un gentil sentido de la prioridad y la mesura de saber detectar los momentos críticos y ponerse las pilas.

*(Más: Tener suerte es una aptitud fácil de aprender)

Dehesa Jiennense

Nota: Este, una vez más es un borrador que tenía a medias desde hacía al menos dos años. Coincide que lo publique justo ahora en una época de mi vida en lo que cabe es todo menos contemplación y reflexión (de ahí, que tenga que tirar de borradores…). Llevo unas cuantas semanas especialmente duras en el trabajo, yendo casi literalmente de la cama al trabajo y del trabajo a la cama, y no tiene pintas de cambiar a corto plazo. Precisamente, el problema de esto, es que yo al igual que mis compañeros, empezamos a cometer errores, algunos bastante tontos. A no llevar un seguimiento correcto de lo que llevamos entre manos. A no lucir todo lo bien que podríamos lucir, dados unos plazos adecuados… Ay Dios, esto es agotador…

«Synecdoche, New York» (Charlie Kaufman, 2008)

Nota: Vaya, tenía este post escrito desde febrero al que solo le faltaba pulsar al botón de publicar. Botón pulsado.


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«Synecdoche, New York« (2008) es el primer largometraje dirigido por Charlie Kaufman, genial guionista de las absolutamente espléndidas «Como ser John Malkovich«, «Olvidate de mi«, o «El ladron de Orquideas (Adaptation)». Vamos, venero a este tío. Y me pilló a contrapie averiguar este pasado otoño que el colega dirigió una película hace seis años y no tenía ni idea (fue tristemente un fracaso en taquilla); película que varios renombrados críticos de cine no vacilaban como poner en su lista de diez mejores películas de la década, por delante de las otras antes mencionadas del mismo Kaufman. Ni que decir tiene que la conseguí inmediatamente y me puse a verla.

Y entonces, la película.

(…)

Veamos. Ya sabéis, están esas pelis que te pones para no pensar, evadirte, divertirte, y desechar tan pronto como has acabado de verla. No reniego de ese cine, me encanta de hecho: «Battleship», «Mission Impossible 4», «White House Down» son algunas de las que he visto recientemente, y sabiendo lo que voy a ver, cumplen perfectamente su cometido.

 

Insisto en este punto, para dejar claro que «Synecdoque» NO es de ese tipo de cine. Está en la misma categoría que «2001 Odisea en el Espacio» o «Apocalypse Now»Vaya, es lo más puñetero opuesto al cine de ‘evasión’ que se me ocurre. Es de esas películas que te atrapan, de esas películas en las que te sumerges y no vuelves a salir hasta bastante después de haberlas acabado. Es de esas películas viaje, que trascienden en la memoria, que se convierten en tus favoritas automáticamente, en clásicos instantáneos.

Y no porque sea drama, porque sea dura, o triste o porque sea emocionalmente cargante, que va. Es cierto que la primera escena hace temerlo: los primeros minutos, en una mañana de otoño de un matrimonio con hijos, lo que escuchamos es un demoledor discurso -que se las hace pasar de intrascendente- en una radio-despertador que se escucha de fondo. De esto que piensas ‘joder, ¡como sea así la peli entera!’

Es así, y más.

 

Pero es que, como no podíamos esperar de otro modo de Charlie Kaufman, ese más se convierte pronto en absoluta ida de pinza, en el mejor de los sentidos. De hecho, a menudo me reía conforme la veía. Pero una risa de absoluta perplejidad ante semejante genialidad y delirio.

Synecdoche, New York

Y es que la película va creciendo, literalmente (cuando la veáis entenderéis por qué lo digo). Esta cargadas de referencias y simbolismos que se me escapan, sin duda crecerá conmigo, cada vez que la vuelva a ver.

Sin poder contar mucho, la película es un repaso a la vida de un enfermizo dramaturgo -interpretado por el recientemente fallecido Philip Seymour Hoffman– que quiere hacer La-Obra-de-Teatro-Definitiva, pero al que, siendo amables, la cosa se le va de las manos. Y como suele pasar en el cine de Kaufman, realidad y ficción se confunden, hasta el punto de no saber si el mismo Kaufman no se le está yendo también la cosa de las manos: no me extraña que algunos le tacharan de pretencioso.

Pero que va: Kaufman tiene pulso y seguridad (tal vez sabía que era la única película que le iban a dejar hacer, y que iba a ser un fracaso en taquilla), tiene tan claro lo que quiere decir (brutal el discurso de las escenas finales), que es imposible no estremecerse ante el poder y la sencillez de la idea central de la película: vas a morir.

(…)

Y esa es la idea. Mientras antes acepteis lo transitorio de todo, y me refiero a aceptarlo a un nivel profundo, lo transitorio de la vida, de lo que os rodea, del confort, de la alegría y también del dolor, más en paz y mejor viviréis, con el mundo, y con vosotros mismos. ¿Sencillo, verdad? Arturo Perez-Reverte por supuesto lo explica mejor que yo, entre el minuto 18:50, y el 21:00

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Valga este post también como mi particular homenaje a Philip Seymour Hoffman, pues en esta película tuvo otro de sus grandes papeles. Descanse en paz. Dice Aaron Sorkin «Hoffman no murió de una sobredosis de heroína. Murió a causa de la heroína. Deberíamos dejar de sugerir que si solo se hubiera inyectado la cantidad adecuada todo habría ido bien». Frasaca.

En qué orden ver Star Wars: «El Orden Machete» (Guía libre de spoilers).

Nota: el llamado ‘orden machete’ no es idea mía, sino una idea bastante bien desarrollada de Rod Hilton, que tumbó su blog y su servidor poco después de su publicación al volverse viral: prueba definitiva de su éxito. Si queréis una explicación completa con spoilers, os invito a leer su página, o esta traducción al español de su texto. Mi única aportación aquí consiste en intentar explicar todo esto sin spoilers.




Parece ser que el próximo Episodio VII de Star Wars (El Despertar de la Fuerza), que dirige J.J. Abrams, está despertando en mi más interés del que honestamente esperaba. Aparte de que todo este tinglado de Disney con la nueva trilogía y los spin-off a lo Marvel, es transparentemente en su vocación -estrujar la gallina de los huevos de oro- el asunto es, ya sabéis, que no hay retorno posible cuando es uno mismo el que ha cambiado, y por lo tanto me pregunto si para cualquier adulto-joven es posible aún disfrutar del mismo modo de cualquier nueva entrega, por buena que fuese, de nuestra amada saga.

De momento, creo que se está dando una buena mezcla de talento, buen hacer y especialmente (lo más importante de todo) rescepto y cariño por la saga. Eso, y que ya sabemos que el listón con la última trilogía no quedó extraordinariamente alto. Dicho esto, he de recordar que siempre he roto una lanza a favor de las precuelas: ni son tan malas (el Episodio III es muy decente, y al Episodio I sencillamente le tengo un cariño acojonante), ni la trilogía original era impoluta (oh, ewoks…). Y tanto es así, que de seis películas, solo La Guerra de Las Galaxias y el Imperio Contraataca merecen para mi un verdadero diez (las otras, solo un nueve…).

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El descubrimiento y sobrecogimiento: ‘Eso no es una luna…’

Pero basta de prolegómenos. Con la expectación que va poco a poco generando el Episodio VII, vuelve a aparecer la pregunta que todo fan-de-star-wars (es increible que no tengamos nombre de guerra) se ha tenido que hacer alguna vez: ¿En qué orden enseñárselas a alguien que aún no las ha visto? (pareja, compañeros de piso, hijos…).

 

Con la aparición de las precuelas, apareció un problema de difícil resolución. Y me planteo su resolución con una complejidad añadida dado que me he propuesto explicarlo sin spoilers, con la esperanza de que algún alma cándida aun sea ajena al spoiler más de dominio público de la historia del cine; pero lo intentaré.

Para aclararnos, y según fecha de estreno, las seis películas que de momento existen son estas:

  1. Episodio IV: La Guerra de las Galaxias – Una Nueva Esperanza* (1977)
  2. Episodio V: El Imperio Contraataca (1980)
  3. Episodio VI: El Retorno del Jedi (1983)
  4. Episodio I: La Amenaza Fantasma (1999)
  5. Episodio II: El Ataque de los Clones (2002)
  6. Episodio III: La Venganza de los Sith (2005)

*La primera película que apareció en 1977 se estrenó sencillamente como ‘La Guerra de las Galaxias’ (Star Wars en inglés), nombre que luego pasó a ser el nombre de toda la saga. Para diferenciarla de las otras, retroactivamente se la rebautizó como ‘Episodio IV: Una Nueva Esperanza’ (Episode IV: A New Hope). Como no hay mucho consenso sobre cómo referirse a ella, personalmente, suelo usar ‘La Guerra de las Galaxias’ para referirme al Episodio IV, y ‘Star Wars’ para toda la saga; a falta de una solución más elegante.

 




Allá vamos.

  • La Trilogía Clásica (Episodios IV, V y VI, estrenados entre 1977 y 1983) se nos cuenta el viaje iniciático de Luke Skywalker (protagonista indiscutible de esta trilogía), donde conoce a una serie de personajes que le tutelan y/o acompañan, mientras se enfrentan al malvado Imperio Galáctico. Además de unos efectos especiales acojonantes todavía y un modo revolucionario de hacer cine, es la épica historia del héroe, el mesías, un humilde plebeyo en cuyas manos cae el destino de su universo; un patrón que también vemos en El Señor de los Anillos o Matrix, por poner dos conocidos ejemplos. El enemigo principal en esta trilogía es Darth Vader.

 

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Luke Skywalker, protagonista de la Trilogía Clásica.

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Darth Vader, calificado a menudo como el mejor villano de la historia del cine.

 

  • La Trilogía de las Precuelas (Episodios I, II y III, estrenados entre 1999 y 2005) nos remontan 30 años atrás en el tiempo, y nos cuentan la historia de Anakin Skywalker, el padre de Luke; y su mentor, Obi Wan Kenobi, en tiempos previos a la aparición del Imperio. Seguiremos el crecimiento de Anakin a lo largo de los años, los enemigos son varios, y los protagonistas también son varios. Es dependiente de la Trilogía Clásica (para muchos no tiene la misma fuerza), pero definitivamente las complementa y hace mucho mejores a las películas originales.
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Junto a un tercer personaje que obviaré mencionar por no spoilear más la cosa, las precuelas se centran en la relación entre Obi Wan Kenobi (izquierda), maestro, mentor y amigo de Anakin Skywalker (derecha).

 

Y las alternativas son estas:

  • Verlas en orden de estreno (Trilogía Clásica y entonces Precuelas).O bien,
  • Verlas en orden cronológico, como se supone que George Lucas, el creador de todo esto, quiere que las veamos (Precuelas y a continuación Trilogía Clásica, es decir, Episodios del I al VI)

 

Ambas alternativas presentan problemas.

 

Verlas en orden de estreno conserva el poder y la experiencia de disfrutar la trilogía clásica por primera vez ‘virgenes’, que es como hemos vivido muchos años los fans de toda la vida. Tanto es así que muchos consideran verla, prescindiendo de las precuelas, una experiencia legítimamente completa: es importante señalarlo.
De elegir ver después las precuelas, y por entretenidas que sean (y lo son), verlas en este orden torna la trilogía de las precuelas en películas un tanto llanas, lineales y predecibles (ya sabremos todo lo que pasa en ellas, falta saber cómo). Además, debido a que Lucas no ha parado de juguetear con las Trilogía Clásica, en los últimos años ha insertado cambios que hacen referencia directa a las precuelas, y que viendo primero la Trilogía Original, carecen de sentido.

Verlas en orden cronológico, por el contrario, ‘estropea’ el impacto que produce la Trilogía Clásica, porque irónicamente se dan por sabida, o se revelan giros sin conseguir mismo impacto. Tampoco podemos hacernos los inocentes, y debemos tener en cuenta que a los niños les puede chocar pasar de los efectos digitales de la trilogía moderna a los efectos ópticos y marionetas de la trilogía clásica. Y no olvidemos, insisto, que las precuelas son el trasfondo de la Trilogía Clásica: Lucas sabía bien por qué tenía que estrenar el Episodio IV antes, pues si llega a hacer el Episodio I primero, no le dejan acabar la saga; mientras que el Episodio IV, como comprobareis, funciona muy bien por si sola.
A su favor,
según me han contado, no saber a priori si ciertos personajes van a vivir o morir puede tener su punto.

Aquí aparece una solución: intercalarlas, viendolas en este orden: IV, V, I, II, II, y VI.
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