En la entrada anterior, hablaba sobre el tema candente: el Brexit, y las consecuencias inmediatas que puede tener. Quiero bucear más en este tema y unos cuantos más que vienen al caso, pero aquella primera parte la cerraba hablando de una responsabilidad: la de hacerse ciertas preguntas cuando alguien quiere irse, incluso cuando no sea la mayoría. ¿Qué he hecho mal? ¿En qué puedo mejorar?
Redactando este texto, enseguida me he empantando durante párrafos a divagar sobre el problema nacionalista/separatista en España. Supongo que esas ideas darán para un buen texto, pero será otra vez. Solo diré que flipo con cómo el circulo de mierda de odio territorial está marcando la agenda política (‘nos queremos ir porque nos odiáis’, ‘os odiamos porque queréis iros’) mientras se dejan de lado problemas mucho más graves e incluso urgentes como el del paro, la corrupción, la educación o los servicios sociales. Flipo con cómo los partidos tradicionales se han sumergido en su propio pozo de mierda incluso cuando les salía nueva competencia a diestra y siniestra, con su incapacidad de tener una altura de miras y de acometer los problemas a largo plazo, juntos, mientras se ensimisman con sus viejas rencillas. En cualquier caso, me alegro de que tengamos más opciones para elegir de las que hemos tenido en cuarenta años, y eso es para mi un motivo de celebración.

Dicho esto, quiero lanzar una pregunta más amplia: Más allá de las ventajas económicas, o del sentimiento de orgullo de pertenencia a una nación ¿hay una necesidad real de estar juntos? Es más ¿Qué es estar juntos? ¿Juntos frente a algo? ¿Juntos en convivencia? ¿No estamos juntos ya, aunque no compartamos soberanía? ¿Es que si no la compartimos, es el fin de todo?
Dado que España, o la misma Europa, de dividirse, pueden convertirse en reinos de taifas (maravilloso ejemplo nos dejó la historia), vulnerables por separado ante la amenaza del norte, ¿Qué peligros corremos? ¿Qué nos espera? ¿Qué adversidades hay? ¿Qué ‘Caminantes Blancos’ nos acechan?
Los Caminantes Blancos

La historia de Juego de Tronos, como decía, habla muy en su esencia sobre cómo las ‘urgentes’ rencillas internas y las estúpidas guerras en esos reinos de taifas que pueblan el ficticio continente de Poniente, impiden a sus reyes y lideres centrarse en hacer frente, unidos, a la verdadera amenaza que puede acabar con todos: la de unas abominables criaturas que se creía mitológicas, que llevan acechando milenios y han despertado para, ahora si, arrasar la civilización de forma inexorable: los ‘White Walkers’, o Caminantes Blancos.
Históricamente las personas, las tribus, las naciones... parece que en nuestra naturaleza humana solo nos unimos ante la presión de un desafío externo (y uso la palabra desafio, pues creo que a estas alturas la palabra amenaza queda grande)
El nacimiento de la Unión Europea tuvo sentido en un contexto marcado por la reciente guerra mundial, y la necesidad de cerrar heridas, reforzar y reconstruir unidos un continente arrasado por aquella guerra, y que compartía frontera con el oso rojo soviético. Por aquel entonces se crearían otras entidades como la ONU, la OTAN, la Comecon o el Pacto de Varsovia, en un mundo polarizado en dos grandes bloques, el capitalista y el comunista (ambos autodenominados democráticos).

Sin embargo, cuando en 1989 cae el Telón de Acero y la Unión Sovietica colapsa, apareció el concepto de ‘fin de la Historia’: la democracia liberal triunfaba definitivamente, imponiendo su visión en el mundo, y en pocas décadas se podría hablar del fin de las guerras. Pero claro, en un Occidente sin grandes amenazas externas y con una ideología hegemónica ¿qué nos obliga a mantenernos «unidos»?¿No es nuestra mera convivencia suficientemente sólida? Europa no es tan fuerte como Estados Unidos, pero ¿es necesario medirse con ellos? ¿No son nuestros amigos?
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Varias veces he intentado convencer a mi padre de que vea Juego de Tronos. Quitando lo de que pasa de tecnologías y de que como no le de yo personalmente al ‘play’ no ve nada, cuando le cuento de qué va la serie y por qué debe verla, me suele replicar con una respuesta bastante sensata: para ver una serie de fantasía (y eso que él disfrutó con El Señor de los Anillos), prefiere ver alguna que se base en hechos reales, como Isabel, Hispania, Los Borgia o Los Tudor. Al fin y al cabo, dice, esas se basan en hechos reales, y mientras todas estas series -incluyendo JdT- tratan siempre sobre lo mismo (luchas de poder y la miseria de la naturaleza humana), al menos, ya de camino, aprendes algo de historia.







