Battlestar Galactica
Martes, Mayo 26, 2009Quiero hablar de una serie a la que estoy enganchadísimo: Battlestar Galactica, la cual, cuidado con lo que voy a decir, está en camino de convertirse en se ha convertido en mi serie preferida, incluso por delante de Lost.
Es un ‘remake’ (o reconstrucción) de la serie original del 1978, que aunque repite personajes y planteamiento inicial, mucho me temo que se aleja por completo del tono de la serie original, y lo que es más importante, de cualquier otra saga de ciencia ficción que conozca, como Star Trek, Stargate, Firefly o la misma Guerra de las Galaxias*.
*Cuidado, que no digo que sean mejores o peores, es como comparar la Wii con la Play3 o la 360: cada una tiene su nicho y sirve para una cosa, así lo veo, asi que las polémicas al respecto me parecen fuera de lugar.
Que nunca hubiese tenido la intención de verla se debe a una razón tan tonta como sencilla. Por un lado, el hecho de que en su producción apareciese asociado el nombre de Glen Larson (El Coche Fantástico, que estaba muy bien cuando teníamos ocho años), no me hacia esperar mucho de ella, como mucho me parecía otra más. Pero se han juntado dos cosas. Una, que en The Big Bang Theory no paran de mencionarla; la otra, que ha finalizado (se viene emitiendo desde 2003), lo que a mi entender es un ingrediente esencial para engancharse a cualquier serie: poder jincarsela del tirón. (Sin llegar a ese estúpido punto en el que llegas ‘al día de hoy’ y vas a tener que esperar otra semana, si no son meses, para el siguiente episodio, a me suele provocar un desenganche casi automático)
Si alguien espera un ensayo ligero de ciencia ficción, pausado, tal vez cómico y de puro entretenimiento, que se olvide (es lo que yo esperaba). No sin sus defectos, pero me estoy encontrando con una de las ideas mejor y más sólidamente escritas, desarrolladas e interpretadas que he visto. Hablamos de ciencia ficción seria, adulta, oscura, no apta para niños (tal vez la presencia de Número Seis es la que más explícitamente corrobora este punto). Escribo esto cuando voy por mitad de la segunda temporada, y todavía no me he encontrado con un solo momento o episodio en que sienta que es relleno lo que estoy viendo. No solo los diálogos son buenos, sino que los personajes, y mejor aún, los actores, brillan a alturas que yo no he visto en TV, y de nuevo digo que no me olvido de Lost.
Cuento lo que se puede contar, sin entrar en sorpresas y giros de la historia. La serie empieza con una película de tres horas (o miniserie se se prefiere) en la que cuenta como los doce planetas de la civilización ¿humana? son barridos por los Cylon, una raza de cyborg creados hace décadas por ellos mismos. De toda la humanidad solo sobrevive una pequeña flota de naves civiles y una sola ‘estrella de combate’, la Galáctica, la última nave militar de la flota colonial (como mola decir esas palabras juntas en voz alta) a las que no les queda más que una dura supervivencia en busca de un planeta legendario llamado ‘Tierra’. Luego vienen las cuatro temporadas restantes, con su pausas, su películas, sus cortos y cacaos que explican mejor en Microsiervos.
Aunque hay alguna risa, son momentos puntuales y coherentes con el desarrollo y los personajes. Entretener, lo hace tanto como la que más (las batallas espaciales tienen mucha importancia), pero no hablamos tanto de una serie de ciencia ficción sino un drama conducido por unos personajes en una situación límite. Una obra de vocación realista, que sin llegar a ser desesperanzadora, pesimista ni deprimente, puede llegar a ser muy -muy- oscura, y nos hace preguntarnos constantemente donde está la supuesta superioridad moral con respecto al enemigo a vencer. La prensa más reaccionaria y conservadora de EEUU la ha criticado por esto, por su relativismo moral, por huir de maniqueísmos donde las cosas no son blancas o negras.
Como suele pasar con la ciencia-ficción, la ambientación no es más que en parte una buena excusa para tratar y denunciar temas actuales (terrorismo, fundamentalismo religioso, guerra contra el terror, recorte de libertades, dictadura del miedo, conflicto entre el poder civil y el militar…), al mismo tiempo que es un trasfondo necesario hacerse preguntas metafísicas y ciertas disertaciones sobre la autodestructiva naturaleza humana y su ‘derecho’ a sobrevivir (aunque a veces echo de menos que se profundice más en esto). Constantemente se atraviesa la linea roja que obliga a plantearnos la pregunta, pues ni nosotros somos tan buenos, ni ellos tan malos. ¿Hay algo que nos haga realmente mejores/diferentes a los Cylon?
De los efectos especiales, que decir, soberbios es poco, mejor aún, hay para hincharse y además de los que molan: batallas especiales a punta pala, muchisisisimas, buenas y espectaculares, con barridos y zooms deliciosos, extraordinariamente bien filmadas y montadas; una autentica gozada con las que disfruto como un chiquillo. Pero los efectos especiales no son lo mejor del show: lo mejor son los personajes y los actores que los encarnan, y eso es lo que hace a la serie realmente grande.
Edward James Olmos (y con esto podemos decir que sus papeles en Blade Runner y Miami Vice quedan en menores) interpreta al Comandante Bill Adama, máximo en rango militar y responsable final de la defensa de la flota superviviente. Es un actorazo como la copa de un pino, contenido, implacable, refleja en su pétreo rostro el dolor, el peso y la responsabilidad que supone estar a cargo de la protección de la ultima esperanza humana, y uno de los tíos más duros del universo (Eastwood, Norris, Bronson: preocupaos). Un personaje absolutamente imprescindible e inolvidable, clásico instantáneo, un puto diez.
Se puede decir que el resto del reparto mantiene el tipo (y los personajes tienen también su miga), de los que cabe mencionar lo más parecido que hay a un papel cómico en la serie, Gaius Baltar (James Callis), genio científico y colaborador de los Cylon contra su voluntad, y aquella de las que este tiene visiones, una sorprendente -en muchos sentidos- Número Seis (la Cylon maciza: Tricia Helfer), visiones que perturban a Gaius al tiempo que le ridiculizan cada vez que las tiene en presencia de otras personas.
Hablando de Número Seis, no se debe confundir su presencia, una idealización casi científica de la belleza, con su uso como una mujer florero: la serie es un gran alegato a favor de la mujer, donde la mitad del los papeles, incluyendo los principales, son femeninos.
Tal vez el único que desentona es el actor que encarna al Coronel Tigh, que siempre tiene la misma cara de pánfilo borrachín, pero podemos dejarlo pasar (pues el personaje tiene tela); y la presidenta Roslyn puede recordar a veces a nuestra querida Espe, aunque conforme se desarrolla la trama el personaje tiene perdón.
La serie tiene pegas, eh, y no puedo pasar sin mencionarlas. Por un lado, el rollo ‘místico-religioso’, con profecías por aquí y por allá que para colmo se cumplen; con más deus ex machina de los que serían deseables. Aunque haya agnósticos, ateos y creyentes en la serie, y mucho debate al respecto, no hay ambigüedades sobre si en el universo Battlestar hay o no una voluntad superior. La hay. Punto. Las cosas pasan a veces sin más, sin dar más explicación, y te lo tienes que comer con papas. Si eres religioso, vale; pero es una cosa con la que, nunca mejor dicho, comulgas o no, y yo por lo general no la trago.
Otro es el tema de la ambientación, que por el episodio que voy no tiene pinta de intentar justificarse en ningún momento. No solo compartimos con estos humanos parte de nuestra mitología (principalmente la griega) y el sistema de escritura (inglés, punto pelota, incluso con sus pronunciaciones americana y británica), sino que el tanto el vestuario como la tecnología son directa y llanamente los actuales, sin siquiera hacer un amago de querer parecer futuristas. Sobre la tecnología de la nave, algún comentario se hace al principio, pero nada más. Podría pensar que es así para intentar llegar a un público más amplio, que normalmente rechaza las excentricidades típicas de la ciencia ficción, pero más allá de eso los productores no han hecho ningún esfuerzo por intentar explicarlo o justificarlo. Puedo tragar el que en Battlestar sigan usando balas, misiles y armas nucleares -en el futuro de Alien pasa lo mismo-; pero de ahí a que en un episodio conduzcan un Hummer cuando probablemente están en el siglo chorrocientes… inevitablemente me acuerdo de otras chapuzas como los Harrier de Battlefield: Earth o los Ford Taunus pintados en blanco de Equilibrium.
De todas formas, estos puntos se contrarrestan con otros ‘realistas’ y muy agradecidos. Por un lado, en el universo BSG no hay extraterrestres. Ni falta que hacen (los Cylon son creación humana), pues solo faltaba otra serie inventandose humanoides bípedos con un par de prótesis de maquillaje. Por el otro, se huye constantemente de la jerga pseudocientifica, muy propia de Star Trek, y normalmente muy poco fundamentada, lo que hace la serie muy accesible a cualquiera que no le suela gustar la sci-fi. Las cosas están ahí, funcionan, y el coronel no necesita explicaciones por parte del oficial de comunicaciones de lo que ambos ven en pantalla. No hay sensores mágicos, no hay teletransporte (aunque se podría argumentar que su tecnología FTL si lo es), las naves son respetuosas con las leyes de la física (hasta cierto punto) y una serie de puntos que, licencias creativas aparte, se agradecen. Es muy interesante que precisamente el creador de BSG, Ronald D. Moore haya sido durante muchos años guionista de Star Trek. La relativamente poca ciencia-ficción que hay no tira tanto por la parte de las naves y la tecnología, sino que toca el tema de los humanos convertidos en dioses, tiranos con su propia creación, más tarde rebelada: las máquinas, los Cylon (aunque sin llegar a las cotas de Blade Runer, ciertamente).
No encuentro el momento de mencionarla, pero también echadle un ojo a su excepcional banda sonora.
Perdonando lo que a mi entender es una ambientación deficiente, Battlestar Galactica es casi la serie sci-fi definitiva. No tanto por los temas que trata, sino por la forma de encararlos. Por su textura, sus sutilezas, su tono. Por sus personajes, sus actores, sus actuaciones. Por su montaje, por su ritmo, sus efectos especiales. Por su música, sonido, banda sonora. Por sus diálogos, su coherencia, su construcción. Por su madurez, y porque negarlo, por su inherente oscuridad. Por su realismo, y porque empequeñece y incluso ridiculiza mucha la ciencia ficción que se ha hecho en televisión hasta el momento.
A mi me ha encantado y por eso hablo así de ella, pero como me sé la lección de otras veces, para recomendarla me lo tomo con más calma. Más de una critica he leído bastante amarga justo por eso, rabietas que se pillan cuando te ponen algo por las nubes, y no te encuentras (o no te quieres encontrar) lo que te venden. Así, sosegadamente os digo que si la queréis coger un día tranquilos, aquí la teneis al completo, es mi humilde recomendación.
Ahora, si os gusta la ciencia ficción, y la habéis estado ignorando deliberadamente, ahí si insisto: es pecado no darle una oportunidad.
(…)
Eso si, un X-Wing cruje a trescientos Viper, y que nadie me venga a contar milongas xD





Tercer y último ‘décimo aniversario’ cinematográfico en pocos meses (y os salváis de que no quiera celebrar El Club de la Lucha, puesto que realmente no la descubrí hasta pasados un par de años). Señoras y señores, hoy 19 de mayo se cumplen 10 años del estreno de la llamada película más esperada de la historia; 16 años de espera para reenlazar la saga más exitosa y popular de la historia del cine, la llegada del nuevo mesías, el advenimiento del apocalipsis y alguna cosa más que se dijo. ¿Pero que pasó realmente? Por la parte de tito Lucas, exactamente lo que quería y esperaba: forrarse, bañarse de nuevo en dollars, recaudar 900 y pico millones convirtiéndose en ese momento en la segunda película más taquillera de la historia, con permiso de Titanic (la Star Wars original consiguió 700 millones ¡de 1977!), sin sumar merchandising y toda la pesca. Pero por parte de crítica y aficionados, la cosa no estaba tan clara. Los que acudían sin engaño y nunca fueron ‘fanses’ sabían que iban a ver un mero producto de entretenimiento, con mucho bombo y sin muchas segundas lecturas, y lo disfrutaron como tal. La crítica dijo poco más o menos lo mismo, criticando (con razón) los diálogos y actuaciones de cartón, aunque, como los primeros, elogiando las escenas de acción, el montaje, y como no podía ser menos, los efectos especiales. ¿Y los Waries de toda la vida?














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