El conocimiento es poder (y II)

(viene de aquí)

El científico, del mismo modo, debe aprender a distinguir el grano de la paja, distingir la señal del ruido. En muchos momentos le llegarán datos que invaliden la teoría vigente. Estos datos, al igual que cualquier otro, deben ser investigados y contrastados. No vale un ‘testimonio’, ni un ‘caso puntual’, si bien es cierto que nos pueden servir de pista para saber hacia donde tirar. Sencillamente, hay que investigar esos indicios, para que eventualmente se revelen como prueba valida o o no. Todos sabemos como trabajan los CSI. Puede ser (y de hecho la inmensa mayoria de las veces es) un fallo instrumental, lo que llamamos ruido, que es generado por los mecanismos.
Y hablando de testimonios: las personas no somos precisamente una herramienta de precisión. Imaginamos, alucinamos, exageramos, mentimos… es decir, introducimos ruido que hace que la información dada por un solo individuo deba ser tenida en cuenta con mucha cautela.

*Por ejemplo, hay miles de ‘testimonios’ de avistamientos de OVNIs (atención, que resulta que si ves un pájaro y no atinas a adivinar lo que es, técnicamente es un OVNI: recordemos, objeto volador no identificado), y sin embargo no hay ni un solo hecho documentado seriamente, con rigor, con contraste. Ni fotos definidas, ni vídeos ni nada. O al menos… no hasta la aparición del Photoshop y los efectos digitales… Y testimonios, casi ninguno anterior al incidente de Roswell, curiosamente justo cuando se empezó a poner de moda el tema de los OVNIs. Atención: por supuesto no es científico negar tajantemente la existencia de visitas de extraterrestres (de hecho, ojala vinieran y hubiera pruebas de ello), pero la verdad es que la explicación es siempre mucho más sencilla: una nube lenticular, la estela de un avión, una refracción en las capas superiores de la atmósfera, un satélite que brilla espectacularmente, Venus al anochecer, proyectores de luz que apuntan al cielo, una gentil dosis de narcóticos o una tendencia natural a la alucinación, falta de sueño, un mentira fuera de control, elevada impresionabilidad, falta de conocimiento o sencillo afán de protagonismo. O una mezcla de todos. Todo ello, sinceramente, más probable que pensar que unos extraterrestres tipíficados viajan millones de años luz a follarse a un paleto de pueblo, con todos los respetos a los gañanes. Que curiosamente, fíjense, raramente se tiran a alguien con estudios superiores.

¿Como distinguir la señal del ruido? ¿Se trata entonces de desconfiar siempre de lo que te digan?
No se trata de desconfiar, se trata de ser siempre cauteloso, escéptico, crítico, de estar siempre alerta. De aplicar el susodicho método científico. Que si alguna vez te dicen que lo que siempre has creido es falso, lo único que tienes que hacer es consultarlo con más fuentes. Tal vez te mientan o tal vez digan la verdad, pero tienes en tu mano la posibilidad de averiguarlo.

Siempre habrá alguien que sepa más que tú, que te puede enseñar y que del mismo modo, te puede engañar. Conocer y saber coloca siempre en una posición ventajosa. La información es una forma de poder. Un trapicheo tan cotidiano como son los cotilleos son una forma vulgar y sencilla de trafico de información: saber que tu vecino le pone los cuernos a su pareja te otorga poder, por ejemplo, para eventualmente chantajearle. La información y el conocimiento se pueden usar para el beneficio de la comunidad o para el propio. Asentarse en un escalón desde el cual ayudar a más gente a subir y tener la misma vista que tu. O bien tirar piedras a los de abajo al tiempo que les pisoteas asegurándote que nadie te quite tu situación privilegiada. Tocándose los huevos, a ser posible.

¿Solución? Ser curiosos, aprender, observar, asimilar y procesar cuanta información esté a vuestro alcance. Mirando el mundo que nos rodea. Sin tragar lo que se nos diga con papas, aunque tampoco se trata de ser un desconfiado por naturaleza. Sin acomodarse. Leyendo, todo lo que pase delante vuestra. Que no sea Caballo de Troya y Ángeles y Demonios y ya. Si, leedlos (aunque no los recomendaría como primera opción), pero no os quedéis solo en eso, a ser posible algún libro de historia o ciencia seria. O mejor, varios. Por suerte, disponemos de variedad de puntos de vista. Contrastando, mientras más fuentes mejor. Que trinquéis el canal Oddisey, Discovery Channel o National Geographic y os traguéis documentales a punta pala. Y películas. Buenas y malas. No hay cosa tan mala que no se pueda sacar nada de ella. Que tengáis abiertas siempre 20 pestañas abiertas de la Wikipedia en el Firefox (y aún asi, con cautela. que la Wikipedia no deja de ser una sola fuente). Que parece que siempre que se dice de ‘leer’ parece que refiere a ‘novela narrativa’, cuando por leer, yo al menos entiendo cualquier se refiere a leer cosa que cae en tus manos (de hecho apenas leo novela, eso ya va por gustos). Desde los ingredientes del champú hasta el folleto sobre acupuntura que me ofrece la china en el paso de cebra. Pasando por un libro sobre aleaciones de titanio. O el Corán y la Biblia, aunque no seas religioso.

Que si la razón para aprender, esa que dice ‘por el simple gusto de saber más’ no te vale (que por cierto, es un placer enorme), ahí va una que tal vez lo haga: que no se trata de poder callar al otro, ni de demostrar que sabes más. Se trata, como mínimo, de que no lo hagan contigo. De que no te engañen. De que no te manipulen.
De ser libres, cojones.

El conocimiento es poder (I)

*Una vez más, aviso: Ladrillo va.

Una cosa que (nos) suele perder a los amantes de la ciencia, y por extensión, a muchos aficionados o profesionales de cualquier especialidad es el ramalazo de desanimo y falta de paciencia que solemos tener cuando nos encontramos hablando ante alguien que no tiene la misma formación y conocimientos que nosotros. Solemos pensar o decir un ¿como es que no lo sabes?, con una sorpresa impaciente que normalmente provoca un sentimiento a nuestro interlocutor de estar siendo despreciado. Es jodidamente normal encontrarse con gente ni siquiera les suene al hablarle de las leyes de la mecanica newtoniana, o del poeta nació en Fuente Vaqueros, del análisis sintáctico de una oración o a que corresponden las siglas ADN. Son cosas que debería saber todo el mundo, puesto que se encuentran en el programa de la educación general básica, y con todo, las olvidamos. Al fin y al cabo la cultura es solo eso: lo que recordamos después de haber aprendido y olvidado, un poso. Con todo lo dicho, es completamente cierto que saber todas estas cosas no te hace intrínsecamente mejor persona. Como bien dicen en Microsiervos estos dias, se puede ser un doctor con Nobel de Medicina y seguir siendo un perfecto gilipollas.
Pero concretamente los que somos de ciencias tenemos siempre una impresión: nuestra disciplina está seriamente infravalorada. En el mismo límite de lo grave, para que más paños calientes. Incluso los que se las dan de cultos (insisto: que se las dan). La inmensa mayoría de la gente, y hay cifras que citan un 95% de la población, es científicamente analfabeta.

El principal problema de la sociedad con respecto a la ciencia es el concepto que se tiene de ella, pues solo le van la cara abstracta, tediosa y difícil, reservada para los cuatro ‘frikis’ que la entienden. Se admite: si, la ciencia es necesaria, pero ya se encargará alguien, todo esto es en una sociedad donde se celebra la frase «mejor que saber es tener el teléfono del que sabe», donde alguna vez un amigo te pregunta si existe ‘un libro pequeñito y rápido de leer donde venga «todo»‘, y a pesar de la sangrante impaciencia implicita en el mensaje por ‘adquirir conocimiento’, ofrecerle una alternativa, el susodicho ni la hojea.

No se trata de pedirle a todo el mundo que sepa lo que son las cefeidas variables. Tal vez si eres astrónomo, por deformación profesional y ya que todos tus amigos también los son (recordemos: Dios los cría y ellos se juntan ;) ), acabas distorsionando tu percepción del mundo y te extrañe cuando te cruzas con alguien que no sabe de que hablas.
*Para más referencias, véase la serie «The IT Crowd», de emisión habitual en la Mula.

¿Pero que carajo es entonces la ciencia? ¿De qué hablo? ¿Mecánica, electricidad, cálculo, álgebra, estadística, química, biología, geología, astronomía, informática…?¿Matemáticas y Física?. Si, bueno, todas esas cosas son ciencias. Complicadas, incluso para quien las estudia, aunque no hablo en ese sentido. La ciencia, aparte de todo lo dicho, es una forma de pensar. Es lo que llamamos el pensamiento crítico y escéptico. Y es la ciencia la que ciertamente nos enseña a pensar así, aunque corre a nuestra cuenta aprender a aplicarlo.

Los científicos, que como analizaré mas adelante caemos en el pecadillo de la soberbia, nos encanta decir una cosa. Nos encanta decir que la ciencia es humilde, pues ciertamente lo es: lo es ante los hechos. Es posiblemente uno de sus aspectos más bellos, de lo mejor que puede aportar la ciencia al mundo al que vivimos. Los científicos, por contrario, a veces no lo somos. La ciencia se somete por completo a los hechos, es humillada sin piedad cuando se presenta ante un experimento contrastado (y contrastable) que eche por tierra una bonita teoría, por bonita, elegante o útil que nos haya sido hasta ese momento. Por supuesto, derribar una teoría no es algo que se haga todos los días: es un proceso extremadamente serio y riguroso, de repetir cierto experimento cuantas veces y de cuantos modos haga falta para comprobar su validez. No se demuestra la validez de una teoría con experimentos nuevos, solo se corrobora. Lo que se demuestra, en todo caso es su invalidez.

Esto es como ser un cornudo o un traidor: la lealtad se demuestra siendo leal siempre. Ahora, basta fallar una vez…

Y el pensamiento científico consiste precisamente en eso: en comprender la globalidad de la situación, considerando sistemáticamente todos los datos, recogiendo nuevos datos si es posible y contrastándolos con la teoría destilada de los antiguos, ejecutando e ideando nuevos experimentos que pongan a prueba nuestro teoría. Siendo críticos. En eso consiste ser escéptico, en no entusiasmarse con una idea y dejar que la ofuscación nuble nuestro juicio. Lo contrario a ello es ser un radical y/o un fanático.

(sigue)

¿Para quien son (sirven) las películas románticas?

¿Para quien son (sirven) las películas románticas? Y cuidado, que no hablo de los pastelazos típicos protagonizados por una pava llámese Jennifer Lopez, a cual más empalagoso, previsible y plano.
Hablo de películas como Los Puentes de Madison, o como Antes del Amanecer, o Cuando Menos te lo Esperas, o Entre Copas, todas ellas en las que con sus más y sus menos, el eje alrededor del cual gira el guión es la historía de una pareja. (Si, ese soy yo, un tipo de gustos eclécticos que lo mismo le gustan las antes citadas que flipa con Aliens y Terminator 2).

Todo esto suponiendo que las películas tienen una función, un propósito-mensaje-intención-significado, más allá que el de evadirse/entretener (y el de hacer dinero, por supuesto). ¿A quien van dirigidas las películas románticas?. Una película como Antes del Amanecer (y su compañera Antes del Atardecer), que narra el ‘encuentro perfecto’ de una sola noche entre dos desconocidos… ¿de que le sirve a una pareja establecida? ¿para recordarles que ellos no se conocieron así, que les gustaría conocer a otro de la misma forma que en esa película? ¿Y de que le sirve a alguien solitario, que aún no conoce el amor, para darle esperanzas e infundirle deseos muy probablemente nunca le suceda de esa manera? ¿Y que pasa si hablamos de una pareja rota?…

Añadido:
Supongo, me imagino, que la respuesta es la de siempre: acercarte a una experiencia que lo más probable es que nunca suceda en tu vida real. Ampliar tu mundo, tu visión, tu trayectoria vital con situaciones que jamás encontraras. Del mismo modo que es imposible que desembarques en una playa de Normandía un 6 de Junio de 1944 o que hagas un viaje en el tiempo a traves de agujeros de gusano, gracias a la tecnología enviada por una civilización extraterrestre y encriptada en una señal de televisión…