De cómo me convertí en ateo practicante. Parte 4: La Solución Trivial

(Viene de aquí)

Ya lo he dicho varias veces, me considero una persona de ciencia, desde siempre. Se me daba bien la física, estudié para ingeniero, siempre me ha gustado la astronomía… En fin, que disfruto observando y analizando, que es de lo que realmente va esto.

Pero las matemáticas, a mi, fatal. Siempre he sido muy sucio, en el instituto entendía y resolvía los problemas a mi manera, pero cateaba porque nunca supe exponer ni demostrar nada. Tardé SIETE años en aprobar la asignatura de Matemáticas de primero en mi carrera, y casi porque al profesor le di pena (si, esa historia es para contarla algún día…). Andahombreya, tantas fórmulas y letras y tanta chorrada, ‘te ya por ahí…

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¿Pues sabéis que? En las matemáticas encontré la respuesta.

Hey, que no me he vuelto ahora un racionalista cartesiano ni voy a empezar con esas cosas que tanto gustan en filosofía tipo «P=>Q». Con todo, recuerdo una cosa llamada la ‘solución trivial’ a un sistema de ecuaciones, y que en matemáticas no tiene mayor interés (de ahí su nombre).

Se suele mencionar en clase por afán de completitud, y lleva a cualquier profesor diez segundos explicarlo: la solución trivial es dar valor cero como solución a las incógnitas del sistema de ecuaciones que se nos presente. Así de sencillo, y automáticamente el sistema está resuelto. Normalmente hay otra solución más compleja, interesante y digna de estudio, y es a lo que el cansino del profesor va a dedicar las dos siguientes semanas de clase y por lo que tú, que no te estás enterando de una puta mierda, vas a catear, again, and again

Pobre yo-de-hace-diez-años :D

Total, que todo lo demás es un dolor de cabeza. Sin embargo, la solución trivial, eso que tan poco interesa a matemáticos y a filósofos, ese horror vacui… a mi ME-ENCANTA.

¡Qué sencillez!, ¡Qué elegancia! ¡Con qué facilidad queda explicado todo! ¡¡La solución es un puto cero!!

¿Vais viendo por donde voy?

Septima matricula de Fundamentos de Matemáticas

Para que veáis que no mentía :D, este es un extracto de mi matrícula de mi penúltimo año en Málaga. Me da autoridad, ¿no?, la estudié un montón de tiempo…  Y si, también era quinto año de fluidos y térmicas, que irónicamente luego fue la asignatura más directamente involucrada en mi PFC

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De cómo me convertí en ateo practicante. Parte 3: El Principio Antrópico

Tal vez en la entrada anterior, por brevedad, me dejé algunas cosas en el tintero; nada que no se pueda resolver ahora. Y es que me temo que no debo insistir tanto en las respuestas que nos puede ofrecer la ciencia para entender a Dios y a su obra (aparte de que ya sé que la palabra ‘ciencia’ asusta y a muchos les parece bien o incomprensible, o bien inabarcable, o bien producto del diablo), pero lo importante si son las herramientas que nos da.

Con todo, me vais a permitir un poquito de ciencia.

Cuidado con spoilearme Breaking Bad que sigo sin haberla visto entera

Cuidado con spoilearme Breaking Bad, que sigo sin haberla visto entera

Bien, en algún momento he mencionado el segundo principio de la termodinámica. Es sencillo de entender, ¡no os asustéis tan pronto, coño!, viene a decir que si no aportas energía, los objetos se caen y se rompen, los ríos fluyen hacia abajo, las montañas se erosionan, y que una vez que has hecho una tortilla, no podrás deshacerla y recuperar el huevo. Es decir, todo tiende al desorden. Algo de lo que hay que aprender mucho y vemos en la vida diaria: la historia nos enseña que siempre ha sido más fácil destruir que crear.

Pero la vida y la inteligencia son estados de de la materia con un orden superior, pongamos, al barro, ¿Cómo es posible que existan? ¿No viola eso el 2º principio? ¿No hay ahí un milagro, no tuvo ‘alguien’ que intervenir? Bueno, para empezar hay una fuente de energía bastante molona que hace todo eso posible: el Sol. Y el resto, es verdad que no es fácil de explicar en pocas lineas, pero la bioquímica y la selección natural nos enseñan que no hay una linea clara que diga dónde empieza, y que diga ‘a partir de aquí es imposible’. Si, es jodidamente improbable que todo esto ocurra, ni os hacéis idea cuanto. Pero en la existencia de vida y de la inteligencia, no hay nada de estrictamente milagroso, al menos no en un sentido tradicional y místico, no hay ninguna violación de un principio físico, no hace falta pensar que nadie intervino para que así ocurriera.

Y aquí vienen la primera lección (y creo que la más importante): en su absoluta rareza y excepcionalidad, que la vida (y la inteligencia) no sean producto divino no las hacen menos maravillosas, ni indignas de admiración.

(…)

Bueno, ya hemos tocado el segundo principio de la termodinámica y ya he acabado con él, nos lo hemos quitado de en medio. Pero es que hay más. Que exista la vida no es solo que se den las condiciones necesarias. Hay más, y esto es el principio antrópico.

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Oh, Bill O’Reilly, gracias por ser portavoz de tanta estupidez ramplona, el mundo sería más aburrido sin ti…

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De cómo me convertí en ateo practicante. Parte 2: El Gran Diseño

Dejaba la el capítulo anterior de esta serie, de cómo he llegado a ser ateo, empezando a hablar de Stephen Hawking.

hawking

El mismo.

Pero no vamos todavía a eso a hablar del muchacho de la silla de ruedas y voz electrónica. Este es mi viaje, mi blog, he venido a hablar de mi libro. Ya dije antes que vengo de una familia mitad religiosa, mitad rebotada. Yo estoy bautizado, iba a catequesis, hice la comunión y todas esas cosas. Ir misa me aburría cosa soberana, cosa normal en un niño, pero por lo demás, de haber tenido ambos padres religiosos y practicantes probablemente yo hubiera salido igual; no eran severos, y yo nunca hubiera sentido necesidad de rebelarme contra nada.

Solo que no.

Mi padre no iba a misa.

No decía nada, no se quejaba de que mi madre nos llevara a misa, pasaba de cualquier discusión al respecto. Pero no hacía falta que dijera nada: su inacción era todo lo que hacía falta, la chispa para encender la mecha, la pregunta que me hice desde ya muy pequeño: «si mi padre no va a misa, irá al infierno; pero él obviamente no puede ir al infierno porque es bueno y es mi padre, ¿cómo explicar esto?»

Única explicación posible: todo esto es una chorrada. It’s that simple.

Y ya está. Dejé de seguir el dogma y todas esas cosas, aunque nunca dudé de la existencia un Dios, cristiano o no, durante unos cuantos años. Para cuando tenía 14 o 15 años, lo de ir a misa lo había dejado ya mucho antes (y no es que la tenga lejos: de hecho, está casi pared con pared a mi casa), pero es por entonces cuando me empecé a plantear las preguntas inevitables: ¿existe Dios? ¿cuál es el sentido de todo? ¿por qué hay hambre, por qué hay miseria, por qué hay guerras? ¿por qué está ahí el sol y fluyen los ríos? ¿por qué existimos? ¿Por qué, por qué, POR QUÉ ZEÑÓ POR QUÉ?

El problema es que la puñetera idea no dejó de atormentarme nunca. Ya dije que durante años he oscilado entre distintas posturas. Es que me ha obsesionado, era un puñetero dolor de cabeza a veces. Y el tormento, para colmo, era la certeza de que jamás obtendría una respuesta.

Y además, cuando coqueteaba con la idea de No-Dios, ¡joder!, daba un vértigo pensar que no había nada… mejor pensar en un ‘algo’, indeterminado, pero al menos pensar que hay algo más, ¿no? Pero ya volveré a esto. Sigue leyendo

De cómo me convertí en ateo practicante. Parte 1: Religiones

Pues si, lanzo el tema por la cara. El tema-temazo de todos: ¿existe Dios? ¿qué propósito tiene la existencia? ¿cuál es el puñetero sentido de la vida? Es la gran pregunta  que atormentaba ni más ni menos que a «Doc» Emmet Brown, y en la búsqueda a su respuesta creó la máquina del tiempo con el DeLorean: ¿Por qué?

*Nota: No es el GIF ni la imagen que buscaba para ilustrar mi punto, pero he encontrado un par de tesoros por el camino…

Ahora en serio: siendo este un blog personal como es, me asombra un poco que no haya atacado este asunto más veces. Solo lo he tocado directamente una vez y otra tangencialmente. Y la verdad, se me ocurren una serie de razones por la que no lo he tocado más, ahí van unas cuantas

  1. He tardado años décadas en llegar a alguna conclusión (spoiler alert: es la del titular). Durante años mi camino ha consistido en oscilar casi al azar entre la firme creencia en un ser superior, agnosticismo («nunca podrá ser sabido»), y un ateísmo débil.
  2. Es un camino personal, no en el sentido de íntimo (no me importa hablar de ello), pero si de intransferible: creo que da un poco igual lo que escuches decir a otro, es un viaje y una conclusión a la que debes llegar por ti mismo. Mención aparte sobre tu propia voluntad de andarlo, y todavía más lejos queda aquello de tener el valor de llegar a sus últimas consecuencias.
  3. Y honestamente, me aburre un poco: no porque sea un tema aburrido (para nada, ya digo que me parece el tema por excelencia), sino porque, aparte de por el punto 2, es porque es difícil que charlando con gente la discusión no se desvíe muy rápido a otra que por repetición si me parece más aburrida, que es el tema de las religiones organizadas, Jesus, Mahoma, de qué forma ilumina mejor una iglesia, y las puñetas. Un tema que presta demasiado a extremos y poco a sutilezas.

Así que empiezo dejando claro lo que opino respecto a las religiones: creo que en general contienen buenas ideas y unos buenos aceptables códigos morales y cívicos (no todos), pero mal implantados, corrompidos, y utilizados por una jerarquía apoltronada (que a esos si, los regaba con napalm del bueno) no en poca medida para controlar a la masa. Los que siguen ciegamente el dogma, bueno, solo puedo decir que pobres corderos, aunque al final nos queda la triste y aplastantemente numérica verdad-última, y es que ellos son más, y somos nosotros los que históricamente acabamos en la hoguera.

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El día que estuve a punto de morirme (en verdad no)

… y mi hermana no vino a ayudarme… (¡¡historia de terror en ciernes!!)

Una mañana de verano de hace no demasiados años. Seguía estudiando en Málaga, aunque como de costumbre, estoy echando el verano en mi casa, en Canena. Mi padre probablemente está en su huerto, o dándose unas vueltas en la piscina, y mi madre tal vez haciendo recados. Hace calor, balcones abiertos, luz entrando a raudales, sábanas cubriendo los tobillos. Yo sigo durmiendo en mi cama, y con total seguridad sigue haciendo lo mismo mi hermana en su cuarto.

Y entonces, el horror: ¡¡¡calambre en la pierna!!!

Nunca sabes cuando van a venir, y no recuerdo si fue el clásico de la pantorrilla, o el de la planta del pie. Lo que si recuerdo es que fue horroroso. Nefasto. Extenuante. Extraordinariamente doloroso. Otras veces me había encogido y retorcido del dolor, con esa horrible mueca y los músculos del cuello tensos. Sabeis lo que es, a todos nos ha pasado alguna vez. Pero esta vez fue más, esta vez no lo contuve, esta vez grité: grité como un verdadero hijodeputa, grité realmente sabiendo que quien me escuchara en la calle, se preocuparía. Como para llamar a la puerta y preguntar. Como para llamar a la policía, a una ambulancia, al ejército…

Vale, en lo último me he pasado, pero, ¿se trataba de un grito teatrero, exagerado, sobreactuado?: La-cabeza-de-los-cojones: dolió como mil demonios, fue un grito salido de las entrañas, sin ninguna voluntad de ser retenido. Mi padre ha sufrido cólicos nefríticos y le he escuchado gritar: algo igual de primario. Yo necesitaba gritar, necesitaba soltarlo, necesitaba ventear y desviar ese dolor. Y probablemente lo hice a propósito; sabía que el dolor remitiría en unos (larguísimos) momentos, pero quería que alguien se preocupara: quería asustar.

Y asustar concretamente a mi hermana: sabía que ella tenía que estar en su cuarto.

Y entonces el dolor remitió. Deje de gritar, recuperé la postura. Y entonces vino el silencio.
Porque yo esperaba, ESPERABA, que una voz temblorosa saliera del otro cuarto, preguntándome; «¿Rufino? (…) Rufino, ¿estás bien?».

PERO ES QUE NO SE MOVIÓ NI CRISTO. Y yo *sabía* que mi hermana estaba ahí. Pues no, no pasó nada. Ni yo ni ella lo mencionamos cuando nos levantamos a la hora de comer, y aquella anécdota, aparentemente, cayó en el olvido.

(…)

Tuvieron que pasar años para que viniera a cuento, para que yo dijera ‘aquella vez’…. ‘Aquella vez que grité como si me estuviera muriendo, ¿me escuchaste?’.

¡Vaya que si me escuchó, la jodia! Claro que se despertó, con mis gritos, y claro que se le encogió el corazón al escucharme vocear de aquella manera. Solo que quedó a la espera. Con tanta luz por la mañana, ningún pensamiento terrorífico le vino a la mente (quien sabe si de haber sido de noche podría haber pensado que alguien había entrado en la casa y liado una slasher movie en pleno centro del pueblo), sencillamente, hizo la de Homer Simpson, y esperó-a-que-todo-pasara.
Y efectivamente, al minuto me callé. Y entonces ella pensó «parece que se ha callado». Y le concedo, imagino, que esperaría unos minutos a ver si volvía a dar señales de dolor, o de vida. Quien sabe. O no. Lo mismo ni eso: se volvió a dormir, tal cual, segundos después de haberme callado. Niaaahh, se iba a preocupar ella, ni pollas… con sus veinte añazos entonces (aprox), preocuparse de si su queridísimo hermano estaba bien o no: que se dejara de mierdas y de quejas y de gritos y de mariconadas y la dejara volver a dormir…

Tener hermanos para esto. Algún día os cuento la vez que me dio un capirotazo en el ojo abierto. (Si ella quiere, también puede contar unas cuantas mías, claro… xD)

Venga, os invito a contar alguna con vuestros herman@s/prim@s, que seguro que teneis unas cuantas ;)