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Rufo Kimble

Sábado, Noviembre 22, 2008

No me preguntéis por qué, estoy buscado por la justicia, soy un fugitivo. No me preguntéis por qué, no soy culpable, y ni siquiera sé de que me acusan. No me preguntéis por qué, he de demostrar mi inocencia a toda costa y el tiempo corre en mi contra. Pero sobre todo, no me preguntéis por qué, en vez de tener el físico de Harrison Ford, tengo el físico y la cara del malo, Carlos Cano, digo, Andreas Katsulas.

Y ahí estoy, atrapado en un atasco, en medio de la autopista, y un agente me ha visto y ha dado el aviso por radio. Solo me queda salir corriendo, ir hacia un hospital donde tal vez tenga mas oportunidades de despistar a la policía. Dejo atrás mi coche mientras veo como me van rodeando, agentes federales, guardias nacionales, policía local, de trafico, SWAT, los esquivo a todos como un experto jugador de rugby, parece que estoy untado en aceite porque no me coge ni uno: o soy terriblemente rápido o ellos patéticamente lentos. Tan rápido soy, que ni la cámara que está grabándolo todo puede seguirme mientras subo cuesta arriba huyendo de ellos (Es curioso, pero el realizador conecta directamente con la cámara del hospital para seguir mi pericia: el sabe donde voy pero las fuerzas del orden no). Y allí me planto, en verdad vuelve a haber seguratas en la entrada y me tengo que escaquear de ellos: sé que dentro me será más facil esconderme con tanta gente, tanto caos, tantas habitaciones. En una de ellas veo a un profesor mio de la universidad vomitando litros de pasta de dientes verde-colgate sobre su cepillo, para reciclarla. En algún otro momento, otro profesor pone crucigramas, que en vez de ser rellenados con palabras, han de ser rellenados con formulas. Mientras, sé que por fuera acordonarán el hospital, pero volveré a desaparecer sin dejar rastro ni sospecha.

Es un hospital lúgubre, decrepito aunque lleno de gente, sin ventanas, de azulejos verde oscuro y corroídos por la humedad y el deplorable mantenimiento. Y allí solo hay un policía, pero es El Policía, solo me tengo que ocultar de él, pero me ve, él lo ve todo. Solo me queda correr de nuevo, como un condenado, pero él si es rápido, y subo y bajo escaleras, escaleras de estación de metro, escaleras estrechas, escaleras anchas llenas de gente, de madera, de mármol escurridizo, oscuras, angustiosas, escaleras externas de incendios, de suelo metálico de rejilla, escaleras, escaleras, escaleras. Al final le he despistado, estoy tan alto en el hospital que ya no es un hospital, es un edificio feo en el que solo hay pobreza, yonkis y prostitutas, con telarañas, heces de rata, jeringuillas en el suelo, tres dedos de roña, empapelados roídos y tejados feos. Sigo subiendo y aunque está algo mas limpio, ya no hay nadie, estoy solo en el edificio, tan solo y tan en silencio que asusta. Empiezo a abrir puertas para ver donde me puedo esconder y solo encuentro pisos inhabitables, por todos ellos parece haber pasado un huracán, con muebles tirados por el suelo y colchones roídos, parece zona de guerra, balazos en las paredes, me da cosa estar allí, pero no me queda otra.

Al menos llevo un rato tranquilo pensando que he despistado a la policía, pienso que allí tengo tiempo para curarme las heridas, lavarme, cambiarme de traje, afeitarme, teñirme el pelo, disimular mi identidad, hasta que caigo en que los perros pueden seguir mi rastro, que no tardarán en descubrirme. Pienso que derramando ácido por las escaleras los aturdiré, ofenderé tanto su olfato que dejarán de tener ganas de buscarme, y así lo hago, y así funciona. Ya estoy tranquilo, no me encontrarán nunca, tengo tiempo, mucho tiempo, para hacer llamadas, para resolverlo todo.
Pero aparece entones un gordo seboso, el mismo gordo seboso que me hospedaba, aquel que detendrían por pederasta, y me persigue, tiene una Magnum y me quiere disparar, le debo dinero del alquiler, le debo dinero porque a él le sale de los cojones, y solo me queda volver a huir, correr por largos pasillos llenos de polvo y rayos de luz que atraviesan las sucias ventanas, por voladizos suspendidos a metros por encima del suelo, solo que ya no es el gordo seboso, ahora es un niño, con una ametralladora, ha salido de las favelas de Rio, es amigo de Ze Pequeño y es el más peligroso de todos. Así que solo me queda salir a los tejados, esos tejados feos en los que tengo que hacer malabarismos con antenas de televisión, correr por encima de tejas escurridizas por la lluvia reciente, por el liquen grisáceo de esa fea ciudad industrial del norte, descolgarme por los canalones, y llego a un patio, en el que hay coches aparcados, personas desperdigadas, y lo peor: de nuevo agentes de policía.

Pero me encuentro con un coche negro que no tiene el seguro echado, en el que me deslizo furtivamente sin dificultad, y me cubro hasta los ojos con una manta que hay dentro, tengo frío. Solo mantengo la esperanza de ocultarme, de pasar desapercibido, no sé hacerle un puente al coche ni tengo los huevos necesarios para intentar salir del patio. Y quieto, impasible e impotente, veo como un agente se acerca, observando qué hay dentro de cada coche aparcado, hasta que llegue al mio. Me dará un toque con sus nudillos a la ventanilla, me pedirá que la baje, que le deje mirar dentro, que le enseñe mi documentación, que le muestre mi rostro. Y me reconocerá, y esta vez si, estaré realmente atrapado, ya no tendré oportunidad de huir. Solo si llega el dueño del coche, tal vez con el caos pueda salir de nuevo corriendo. Y el agente se acerca, da el toque en la ventanilla, me pide que me muestre, pero ¿quién llega? ¿es el dueño del coche? Si, es él, llega con un par de personas, todos engominados, con tupé, con guitarras enfundadas, y el que parece el lider habla con el agente, “Ah, agente, no moleste a mi amigo” dice señalando al coche, señalandome a mi, “Tiene fiebre, estaba pasando frío y se ha venido al coche. Ademas, creo que he visto ahí dentro al hombre que buscan”. No me lo puedo creer que aparezca en ese momento, que me ayude y encubra, y el agente nos deje tranquilos. El dueño del coche se monta en el asiento del conductor y sus compañeros me acompañan atrás, y me dice “Ay, Señor Kimbal, yo creo en usted, sé que es inocente”. Es él, mi salvador, es… (redoble de tambores)…
Es Manolo Escobar, el Padre Manolo, con su guitarra, son su salero y con su labia, ha despistado al agente. Lo ha llevado lejos, al igual que me va a llevar a mi ahora, arranca el coche y conseguimos pasar el control.

Le agradezco lo que ha hecho, y me deja en una gasolinera con un abrigo y algo de dinero para comer. Estando a salvo, al menos de momento, y con la tranquilidad y satisfacción de haber completado una parte del camino, me despierto.

Con lo que me jode dejar los sueños a medias, esta vez lo he dejado cuando he querido.

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« Galán de Noche Alimentos biológicos, sostenibilidad, transgénicos, hambre, superpoblación. »

2 respuestas

Jose_ | Domingo, Noviembre 23, 2008 | 1:00 pm

Joder, pedazo de sueño. Y el final apoteósico.
Si eso lo hiciesen película iría a verla. O bueno, por lo menos me la bajaría :D

nono | Lunes, Noviembre 24, 2008 | 12:13 am

joder la virgen!

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