The Newsroom (Aaron Sorkin, 2012)

Aaron Sorkin era solo un nombre que me sonaba. Leo que era el guionista y creador de ‘El ala oeste de la Casa Blanca’, con Martin Sheen haciendo de presidente de los EE.UU., y digo, ‘ah, si… ¿y qué?’. Aunque sabía que a aquella serie le daban muy buenas críticas, en mi ignorancia nunca le presté atención. Pero cuando me dicen que es el guionista de ‘La Red Social’, ‘Algunos Hombres Buenos’ o ‘La Guerra de Charlie Wilson’, digo -’ah vale, este tío es un puto crack’

(…)

Acabo de ver los diez episodios de lo último de Aaron Sorkin, ‘The Newsroom’, repitiendo piloto y final, en tres días  Doce horas de vídeo que me engancharon en la primera escena y no me han soltado hasta el final. Porque el resto es igual que esos primeros minutos. Sobra decir que me estoy bajando las siete temporadas de ‘El ala oeste‘ porque me he enganchado a Sorkin. ¡Copón, si hasta me he descargado ‘El Presidente y Miss Wade’!

‘The Newsroom’ parte de una premisa que me recuerda a la de ‘Bulworth’ (Warren Beatty, 1998): a un famoso presentador de noticias, famoso por no mojarse nunca, le da un ataque de honestidad durante una charla en una universidad (aquí tenéis esa charla, esos poderosos primeros minutos con los que arranca la serie), y esto desencadena una serie de sucesos que le llevan a ejecutar, junto a su joven pero talentoso y apasionado equipo, esa misma honestidad todas las noches en su telediario nacional, como un ‘Don Quijote’ (al que no paran de citar) en una loca cruzada idealista.

Will McAvoy, un Matias Prats estadounidense reconvertido a Jordi Evolé, interpretado por Jeff Daniels

El caso es que en todo esto existe una muy mal -o nada- disimulada pretensión de cambiar realmente las cosas. Sorkin retrata el mundo del periodismo como ojala fuese, como debería de ser (y claro está, hay quien comulga, y quien no, con su visión). No es solo que se note ese propósito de cambiar las cosas, es que él mismo reconocía abiertamente que esa era ya su pretensión en ’El ala oeste de la Casa Blanca’, en aquel caso sobre el mundo de la política. Tal vez una pretensión infantil e ingenua, pero a día de hoy, cuando aquella serie tiene 13 años, existe una cantidad respetable de políticos que han citado al presidente Joshia Bartlet, interpretado por Martin Sheen, como inspiración; se habla de una ‘sorkinización’ de la política; y hasta de la influencia que aquella serie pudo tener en las ilusiones puestas y la misma elección de Barack Obama como comandante en jefe. Tela.

¿Y cómo visualiza Sorkin esa pretensión? Pues una parte muy importante de ello se basa en contar (o recontar) historias reales: el derrame del Deepwater Horizon, la catástrofe de Fukushima, las revoluciones árabes… Obligadamente cuenta esas noticias en diferido (la serie sucede en 2010 y 2011), retraso oportuno para ofrecer una visión profunda y reflexiva sobra aquellos hechos, una revisión interesante y tal vez necesaria de aquellos hechos, y de hecho una de las razones de ser de la serie. Pero insisto, es un retraso muy cómodo para Sorkin, pues a toro pasado y con todas las piezas sobre la mesa es mucho más fácil de hacer ese retrato que en ese mismo directo de ficción televisiva, como le gustaría a Sorkin que se hubieran retransmitido esos hechos.

Con todo, esas noticias, y tantos otros casos, son solo los ‘sucesos’, porque en esta serie también hay una clara vocación de dar lecciones sobre política, y en eso Sorkin tampoco se corta un pelo. Pero dejo eso para más adelante.

Hablemos de reparto: tenemos a Jane Fonda como una excelente elección para la presidenta de la corporación (no hay que olvidar que fue esposa de Ted Turner, fundador de CNN), Sam Waterston crea a un personaje realmente entrañable que nos encanta desde el minuto uno, Emily Mortimer tiene un encanto muy especial y es otro de los puntos que me engancha a la serie, Olivia Munn tiene un morbazo impresionante (ya la tenía fichada, pero cuando aquí se pone a hablar en japones… bufff), y respecto al protagonista, Jeff Daniels, sonará demasiado oportuno si digo que siempre me lo he imaginado como el perfecto presentador-de-noticias-americano (dejando ‘Dos tontos muy tontos’ aparte…), pero es que es la puta verdad. Supongo que no era el único que lo pensaba. Y aunque ninguno es que haga una interpretación mala, el trío protagonista (foto inferior) especialmente lo clava.

También hay una cantidad importante de historias personales (una de las grandes críticas a la serie), que ahí están, con amores y desamores y mucha tensión sexual no resuelta. Lo tomas o lo dejas. Y también hay un tipo de humor, a menudo físico, que probablemente funciona bien por si mismo, pero no acabo de tener claro si hace buena mezcla con el tono, intención y fondo de la serie, de mucho más alto vuelo. Me imagino que tal vez ambas cosas son solo eso, reclamos, estrategias de Sorkin para enganchar y hacer llegar su palabra a más gente, un público que busca algo más ligero, entretenido y digerible. A mi ambas cosas también me han gustado, así que guay.

Otra de las grandes críticas, y esta si me parece injusta, es la de que todos los personajes poseen un don de la palabra sobrenatural. No es solo que tengan una respuesta ingeniosa y suelan pontificar soltando parrafadas extraordinariamente inspiradas, sino que ademas suelen hablar a un ritmo endemoniado. No debería insistir mucho en que el cine (y la TV) son ficciones, en las que además hay una limitación clave de tiempo que debes aprovechar como mejor puedas -y la única persona en el mundo que tiene carta blanca para llenar un guión de diálogos intrascendentes es Quentin Tarantino-. Porque cuando en un guión los personajes vacilan, se llaman mucho por sus nombres propios, o repiten machaconamente el propósito sin profundizar en él, es que el guionista realmente no tiene nada que decir, y solo le queda estirar los diálogos hasta rellenar lo que dure el show para salir del paso. Sorkin hace lo contrario a eso (y conviene recordar que el único que aparece acreditado como escritor, no hay un equipo de guionistas), a Sorkin la hora que dura cada episodio se le queda corta para todo lo que quiere decir. Y llena el show con buenos diálogos, lo garantizo. A menudo tal vez haga falta pausar el vídeo para entender lo que se dice y leer bien los subtítulos, si, pero cuando eso pasa, y no me ha pasado muchas veces, no es precisamente algo malo.

Y por fin, hablemos de guiones: Sorkin es extraordinario. Un fuera de serie. Es acojonantemente asombroso el talento que tiene para construir momentos, cocinados lentamente, con los que lo mismo te ríes, te emocionas, o sencillamente te ponen los pelos de punta.

Y te pueden caer bien o mal, pero el entusiasmo, talento y determinación  de los personajes son tan contagiosos como saludables. Eso si, están todos realmente jodidos de la cabeza, pero que le vamos a hacer, forma parte del encanto de la serie.

Dicho esto, vuelvo a las noticias: hablaba antes de que Sorkin no se centra solo en los sucesos, al contrario, habla constantemente de la necesidad y de la responsabilidad moral no solo de informar, sino de formar al público, y para eso cuestionar profunda e inmisericordemente, entre otros, a los políticos, es crítico. Llegado este punto, tal vez me decís que de qué nos sirve esa pretensión de hacer una lectura política seria sobre la política estadounidense real si aquí, en España, no hay ni Tea Party (Sorkin va a saco con ellos, pero no seré yo quien lo censure), ni republicanos, ni demócratas, ni hay los mismos problemas… ¿En serio no hay los mismo problemas? ¿En serio cree alguno que el populismo, la ignorancia, el clientelismo y especialmente la desinformación son solo problemas que existen en EE.UU.? Os digo que esa lectura es tan aplicable allí como en el resto del mundo, y eso nos abarca también a nosotros.

Pero supongo que el mayor defecto de la serie es precisamente ese: el de pretender lo que pretende, haciéndolo como lo hace. El excederse de pedagógico. Pretende dar una lección a los estúpidos (y hasta lo dice), pero usando un lenguaje elitista. Sorkin usa de primeras una estrategia muy obvia, pues para atacar/evidenciar al Tea Party hace que el protagonista sea republicano, con la pretensión de aparentar neutralidad y objetividad. Sobra decir que Sorkin es un muy conocido demócrata. Y al mismo tiempo se rodea, a lo Catherine Tramell, de toda una serie de excusas autoindulgentes anticipando todos los ataques posibles que podría recibir por llevar a cabo esta estrategia. Y bueno, creo que en ese sentido se equivoca de todas-todas, y es inevitable que muchos huelan ahí a un progresismo de salón (a parte de que inevitablemente lo hará la derecha ramplona y montaraz), y que en lo que a mi respecta, hace que no me extrañen las vitriólicas críticas que ha recibido por ello.

Pero ya está, que no pasa nada, los que más o menos vemos el mundo como él (y la suya no es precisamente una visión excluyente) le damos la palmadita, él nos brinda argumentos para reafirmarnos en nuestra posición (aunque no es ninguna revelación, al menos para un europeo, que el prototipo de afiliado al Tea Party es lo más parecido a un talibán americano), y por lo demás, nos regala una serie que emociona, entusiasma, y hace nos soñar e imaginar con un mundo un poquito -solo un poquito- más lúcido, y más justo.

Os dejo con la música de los títulos de entrada, de Thomas Newman, que con ese punto épico-glorioso tiene un factor pieldegallina bastante elevado.

4 pensamientos en “The Newsroom (Aaron Sorkin, 2012)

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