Máster de Astronomía y Astrofísica (y otras cosas de la vida)

Hola que tal, otro añito nos volvemos a ver por aquí…

Se da la circunstancia de que he escrito cosas que me apetece compartir aquí, pero necesitan un contexto previo; y ya de paso, aprovecho para hacer un post genérico de ponernos al día (y también probar a refrescar un poco el aspecto del blog).

Los últimos post que escribí iban sobre lo que significa ser profesor (algo que tiene pinta de durar mucho tiempo). Este indirectamente, también está relacionado con eso. Como podréis imaginar, el año pasado -que pasé en Almuñecar, estupendo lugar- me sometí de nuevo a todo el farragoso proceso de pasar unas oposiciones; lo que probablemente no sabéis, es que no las superé.

No es solo que no conseguí plaza (era una convocatoria difícil y hasta cierto podía esperarlo), es que de hecho suspendí la última fase (tal vez la más importante, en la que hay que defender una unidad didáctica), con lo que me eliminaron del proceso. Tal vez me confié (conseguí una nota engañosamente alta en 2018), tal vez bajé los brazos una vez superada la primera fase, tal vez sencillamente mi sistema de estudio no es el adecuado. El caso, es que aunque la consecuencia suspender no es distinta a sencillamente aprobar sin plaza (sigo ejerciendo, por supuesto como interino, este año en Estepona), suspender fue un golpe demoledor.

Golpe de que te pitan los oídos durante meses. Lo digo en serio, algo que te ‘coloca en tu sitio’, te obliga a replantearte todo lo que estás haciendo, ‘cómo te lo tienes montado’ (en el fondo sé que había, y hay, cosas que tengo que cambiar), entender también tus limitaciones y capacidades (había cosas que sé que podría mejorar, pero otras que honestamente sigo sin saber cómo hacerlo)… resumiendo, ha sido un golpe de realidad, que unido a los años que voy cumpliendo (38 ya, gracias!), me ha sumergido en una crisis -transformadora y todo lo que querais- que me ha tenido catatónico, si es que no abiertamente en pre-depresión, durante unos meses.

Pero tranquilos, que estoy mejor. Saliendo del covid mientras escribo esto (¡no kidding! ¡en parte el estar de baja por el covid es lo que me hace lanzarme a escribir esto!), pero estoy bien.

Y estoy bien, entre otras cosas, porque después del golpe (mediados de julio de 2021) supe enseguida que lo más importante para quitarme las telarañas de encima, era ponerme en marcha enseguida. Uno de los consejos que me dieron es que de puntos iba un poquito escaso (3 años de experiencia, dos certificados de idiomas*, los cursillos del chichinabo que todo cristo tiene, y un título de Ingeniero Técnico de un plan pre-Bolonia que me habilita para ejercer, pero no me da puntos), así que ¿Por qué no hacer un Máster?

*Los que conocéis las oposiciones por dentro ya sabéis lo retorcido y ridículo que puede llegar a ser el sistema de puntuación: dos puntos por tres cursos online que se hace cada uno en un fin de semana, 0,5 por cada título de idiomas (¡aunque sea del mismo idioma! ¡yo tengo 1 punto por que tengo el B2 y el C1 de inglés!) ¡pero apenas 0,7 por cada año de experiencia!

Bien, venga, vamos con el máster a muerte, a ver ¿qué hay por ahí? Tiene que ser online, claro, y tiene que ser oficial para que se me reconozca UN punto, para ser más competitivo, para cargarme a hostias a cualquier oponente opositor que me quiera plantar cara ¡¡¡¡si solo necesito una plaza!!!!

La oferta, bueno… hay de todo. Vi uno en el que daban cosas en 3d (3ds Max, Unreal y V-Ray) que se me hacía la boca agua… pero no era oficial. Hay un huevo de máster relacionados con la educación (Máster en Tecnología Educativa y Competencias Digitales, en Psicopedagogía, en Prevención y Mediación de Conflictos en Entornos Educativos, en Educación Especial, en Innovación Educativa… puedo seguir, la lista puede ser larga de verdad) pero, lo digo aquí que no nos lee nadie, me saturan un poco… hablando en serio, me considero ingeniero/técnico antes que educador, y busco algo que me motive más alejado de la educación en si misma. Y honestamente, busco mi mísero punto, no tengo mayores ambiciones. Me hablan también de uno sobre Prevención de Riesgos Laborales ‘que está tirao’ y es solo de ‘hacer test y entregar trabajitos’ que se puede sacar fácil y como un trámite… pero aún así sé que por mucho que me lo vendan como algo fácil en algún momento me va a tener ‘empantanao’, y sigo queriendo algo que me motive.

Y entonces ahí lo veo, «Máster en Astronomía y Astrofísica». Como podeis imaginar los ojos se me hicieron pesicola. No es barato, y el proceso de admisión (un poquito teatral a mi entender, aprovecho para decirlo) sigue pasando por enviar una carta de motivación y cumplir ciertos requisitos.

Me lo miré bien, lo sopesé con calma, no fue una decisión para nada precipitada, pero para que os hagáis una idea de las ironías al tiempo que determinación que la que me quería matricular del máster, el destino quiso que el día que me confirman la admisión y con un plazo breve para ejecutar el primer pago, me pillara en uno de los sitios con menos señal posible de la serranía Norte de Jaén. Me teníais que ver, literalmente, aguantando el teléfono móvil y el portátil en mitad del monte, para pillar algo de señal con la que enviar los datos y ejecutar el pago (que no voy ni a decir la cantidad)

Todo salió bien y aquí estoy: me está encantando el máster, estoy aprendiendo sobre todo cómo se hace la ciencia (para mi fortuna, y no voy a ser falsamente humilde, cuento con una buena base teórica y unos buenos fundamentos, y de momento nada de lo que hemos impartido me ha sonado a chino), pero lo que si puedo decir es que me he tirado por primera vez en mi vida unas navidades de empollar y redactar que no lo había visto en la vida. No había trampa, como profe sabía que contaba con ese tiempo y lo empleé bien (de hecho, me sobraron unos días al final), pero, os que erais igual de malos estudiantes que yo en la universidad (dificil) ¿os acordais cuando decíamos, cada navidad, ‘voy a estudiar’, y los apuntes se tiraban 15 días calentando banquillo? Pues esta vez, no. Esta vez he estado empantanado, pero bien.

La mayoría han sido entregas, si no aburridas (me ha molado hacerlas) tampoco es pertinente ahondar en ellas: análisis espectral de asteroides, cálculo de las características de un exoplaneta por el método de la profundidad de tránsito y la velocidad radial, transformación de sistemas de coordenadas esféricas, cálculo de características orbitales, arqueología digital en bases de datos para búsqueda de enanas rojas y astrofotografía galáctica…

Pero ha habido una, en la que sencillamente teníamos vía libre. Ni siquiera una actividad obligatoria, sino de esas para ‘subir puntos’. En la asignatura de «Exoplanetas y Astrobiología», una disertación (tema abierto), sobre la asignatura.

Lo titulé «¿Seremos nosotros los extraterrestres?»

Quince páginas escritas en una noche, y me quedé tan ancho.

No digo más, os lo comparto (en cómodos episodios).

«¿Seremos nosotros los extraterrestres?«

PD.: Aunque no me veais mucho en este blog, no significa que no esté activo en redes (aunque reconozco que menos que antaño). Efectivamente el hecho de ser profesor más que ocuparme, ‘drena’ mis ganas de escribir como ya expliqué en esta entrada, pero por instagram (personal y docente) me podeis seguir con bastante facilidad (suelo contar muchas tonterías en las stories). Espero que esteis todos bien. ¡Un saludo!

)

Una reflexión personal ¿Seremos nosotros los extraterrestres? Parte 2: La actualidad de la exploración espacial

Siglo XX

(Viene de aquí)

Los avances en tecnología aérea y espacial, que no se pueden calificar de otro modo que espectaculares en la primera mitad del Siglo XX, nos hicieron soñar con una pronta e inmediata colonización de otros astros; un tiempo que sirvió como caldo de cultivo para la ferviente imaginación de prolíficos autores de ciencia ficción, tanto en sus vertientes más “duras” (como por ejemplo “Tau Cero” de Poul Anderson), como sus más optimistas y populares (“Buck Rogers”, “Flash Gordon”, “Star Trek”), sin dejar de mencionar a prolíficos autores como Isaac Asimov, gran referente de la ciencia ficción del S XX.

De hecho, ¡nos es difícil ahora concebir que del primer vuelo de los hermanos Wright a la pisada de Armstrong en la Luna apenas pasaron 66 años! Pero esto se comprende mejor cuando tenemos en cuenta dos desafortunados conflictos en forma de Guerras Mundiales, y las tensiones entre bloques, ahora en un mundo en el que el armamento nuclear ya existía, a lo largo de la Guerra Fría.

Precisamente esta “Guerra Fría” tal vez nunca se convirtió en caliente, no solo debido al supuesto poder disuasorio de un peligrosísimo y masivo arsenal nuclear, sino al afortunado hecho de que las dos principales potencias decidieran medirse de forma “civilizada”, ‘a ver quién tenía la pistola más larga’, si se nos permite la expresión. Es decir, la celebrada Carrera Espacial no fue otra cosa que un un ‘sprint’ de demostración de poderío tecnológico y militar, que no era otra cosa que poderío económico: quién tenía el misil más grande, capaz de enviar no solo satélites sino cabezas nucleares de forma fulminante al enemigo…

Esta carrera por llegar más lejos, más rápido, más alto, era económicamente agotadora, y como cualquier sprint, fue de corto recorrido; y su principal motor fue el político, que sabemos que nunca marca unos objetivos a largo plazo. Kennedy, gran impulsor del programa Apollo, reconoció en numerosas ocasiones que no tenía el más mínimo interés en averiguar de qué estaban hechas unas rocas lunares. Y en su apogeo, en torno a 1967, el programa Apollo llegó a absorber un 4% del presupuesto del gobierno federal estadounidense (solo superado por la cada vez más impopular guerra de Vietnam); y como solo supimos décadas más tarde, esta carrera dejó totalmente exhausta a la Unión Soviética, que ‘apenas’ consiguió lanzar cuatro gigantescos y carísimos cohetes N-1, que acabaron todos catastróficamente esparcidos por la estepa kazaja.

Si algo quedó claro es que la exploración espacial, y cualquier cosa parecida a poner cosas en el espacio, es abrumadoramente costosa, y lejos del alcance incluso para muchos gobiernos.

La actualidad

Una vez finalizado el programa Apollo, los humanos nunca hemos vuelto a salir de una órbita terrestre baja. Con cohetes tradicionales el coste de poner un kg en órbita baja ronda los 20.000 $. Se estima que poner un solo hombre en Marte costaría lo mismo (con ajustes de inflación) que todo el programa Apollo, que recordemos colocó 12 hombres en la Luna: del orden de 100.000 millones de dólares, que es 10 veces lo presupuestado para la construcción del ITER. Y es que una cosa es lanzar un robot, o una sonda espacial, y otra cosa lanzar un humano, lo que conlleva complejos y sin duda pesados sistemas de soporte vital que fastidiosamente necesitamos.

Incluso los que somos de una generación que crecimos fascinados con aquel ‘autobús viejo’ que era el Transbordador Espacial, entendemos que este, como tantos otros programas de las agencias espaciales internacionales, carecían y carecen demasiadas veces de un objetivo claro, o poseen una encomiable ambición que rara vez se ve igualada por unos presupuestos cada vez más magros. Hemos enviado y seguimos enviando sondas robóticas que nos han traído descubrimientos científicos absolutamente maravillosos y fascinantes, y sobre los que redunda subrayar su importancia. 

Y sin embargo, los que profesamos amor a la ciencia y la exploración espacial, a veces nos vemos en la difícil tesitura de explicarles y justificar, a familiares y seres queridos por nosotros, los extraordinarios gastos asociados a la exploración espacial

“¿De qué sirve gastar ‘chorrocientos’ millones en un telescopio, cuando el gobierno no puede pagar hospitales y escuelas?
¿¡De qué sirve buscar agua en Marte, cuando hay niños muriendo de sed en la Tierra!?”

Esas son las cosas que a veces nos toca escuchar.

De poco sirve explicar que se puede -y debe- hacer todo al mismo tiempo.
De poco sirve explicar que el valor del conocimiento adquirido es incuantificable.
De poco sirve explicar que el presupuesto de los programas espaciales es minúsculo comparado con los necesarios programas sociales, y ridículo al lado de lo que los gobiernos gastan en ejércitos y guerras estúpidas.
De poco sirve explicar que ese dinero no se tira, quemado, espacio, sino que es el sueldo de científicos, ingenieros, investigadores, ensambladores… que hacen mucho bien aquí, en la Tierra.
De poco sirve explicar que cada euro invertido en investigación y tecnología aeroespacial ve su retorno multiplicado por diez.
De poco sirve explicar que aprender a buscar agua en Marte, sirve para encontrarla también más fácilmente aquí, en la Tierra.

De poco sirve, porque entiendo que hay un punto de legitimidad en sus cuestiones, un punto de verdad en el fondo de sus preguntas. 

¿¿Cómo tenemos el valor, de emplear miles de millones de dólares en buscar un reemplazo de esta, nuestra querida Tierra, cuando no estamos moviendo ni un dedo por cuidarla, ya que la tenemos??

Y es una ironía, porque lo que parece una obviedad, también parece una verdad que pocas veces se nos recuerda: que no tenemos ‘planeta B’. 

Si un asteroide gigante estuviese en trayectoria de colisión con nosotros, hubiese una mega erupción volcánica, o una supernova estallase cerca, no tenemos ‘otra cabaña’ en la que refugiarnos. Es decir, uno de los motivos más inmediatos para hallar otros mundos habitables ha sido precisamente, el de tener una morada alternativa.

Pero no es solo una cuestión de buscar refugio. Otro de los motivos que a menudo se propone es que si la humanidad sigue queriendo crecer como especie, eventualmente esta Tierra se nos quedará pequeña*, por lo que es necesario buscar sitios en los que ‘extendernos’ y crecer, del mismo modo que aquellos colonos europeos se extendieron por el continente americano (desplazando si hace falta y sin contemplación, a los nativos), o esas mismas potencias europeas se ‘repartieron’ África con salvajes consecuencias para el continente.

*(aquí es inmediato pensar ¿no lo ha hecho ya?, pero prefiero explorar a esa cuestión más adelante)

Abiertamente, fantaseamos con una humanidad, homo sapiens, colonizando, viajando y viviendo en otros planetas, del mismo modo en que ahora cogemos un avión y nos plantamos en unas horas, en lo que hace un par de siglos llevaba semanas de viaje.

Esta búsqueda de un ‘planeta B’ no solo nos parece de una fantasía salvaje, sino incluso un sueño con un punto pernicioso, pues lo encontramos totalmente inviable, punto que nos disponemos a argumentar en las siguientes entradas.

«¿Seremos nosotros los extraterrestres?«

Una reflexión personal ¿Seremos nosotros los extraterrestres? Parte 1: El Pluralismo Cósmico

Nota: este es un texto que he escrito para la asignatura de Asignatura de Astrobiología y Astrofísica, para el Máster de Astronomía y Astrofísica por la Universidad Internacional de Valencia. Una explicación y contexto más amplios los doy en esta entrada

Introducción

Quiero empezar con una aclaración: con el título de esta entrada no pretendo enunciar una hipótesis conjugada en tiempo presente (como en “¿somos nosotros de origen extraterrestre?») sino una hipótesis conjugada en futuro: ¿Seremos alguna vez nosotros los extraterrestres? 

Establecido esto, haré primero un breve repaso a cómo se ha visto a lo largo de la historia la posible existencia y colonización de otros mundos habitables y existencia de civilizaciones en estos. A continuación, comentamos la situación actual de la exploración espacial; para desembocar en cuatro escenarios hipotéticos en los que exploramos un posible futuro de nuestra civilización encaminada a la exploración de las estrellas. Finalmente, cierro compartiendo algunas reflexiones personales.

El pluralismo Cósmico

Edad Clásica

En la Época Antigua, los clásicos creían que la Tierra era única y era el centro del Universo Conocido, mientras que el resto de astros eran representaciones de deidades en las distintas culturas y cosmologías, cuando no meras piezas colocadas en los cielos asociadas a seres mitológicos. El concepto de “múltiples mundos” se circunscribía a debates filosóficos sin las implicaciones cosmológicas que tenemos hoy en día; filósofos griegos como Anaximandro y Anaxarco eran firmes defensores de esa idea de ‘múltiples mundos’, haciendo este último famosamente llorar a Alejandro Magno, del que era amigo personal; pues ni siquiera había sido capaz de conquistar uno.

Renacimiento e Ilustración

Sin embargo, tan pronto como la revolución copernicana demostró que la Tierra no era más que una pieza más un Universo poblado de incontables objetos, se empezó a fantasear con la idea de civilizaciones que poblaran esos astros. 

Fig 1. Giordano Bruno (Fuente: Wikipedia)

De los primeros en explorar esta idea fue Giordano Bruno (imagen) ya dijo que otros mundos «no tienen menos virtud ni naturaleza diferente a la de nuestra tierra» y, como la Tierra, «contienen animales y habitantes». Juan Maldonado, ya fantaseó en su obra “Somnium” (1532) con la posibilidad de un viaje a los astros, a lomos de lo actualmente conocemos como el cometa Halley, para acabar en Mercurio, dónde encuentra una “sociedad perfecta”. Precisamente Johannes Kepler, aplicando ya la ciencia y con cierta vocación divulgativa, volvería un siglo más tarde a explorar la misma idea (y con el mismo nombre: también llamó a su novela “Somnium”), en la que soñaba con la idea de ‘barcos celestiales, con velas adaptadas a los vientos de los cielos, llenas de tripulantes que no se asustarían con la vastedad del espacio’. Él igualmente hablaba también de imaginarios habitantes de los astros; e intelectuales de siglos posteriores como Benjamin Franklin o Immanuel Kant, ya durante la Ilustración, abrazaron la idea de “pluralismo cósmico”, abordado ahora desde un punto de vista más científico y no estrictamente desde el campo de la filosofía.

Revolución Industrial

Con los portentosos avances que trajo la Revolución Industrial, autores en el siglo XIX y primeros del XX como H.G. Wells, C.S Lewis o Edgar Burroughs, hablaban de ‘selenitas’ y ‘marcianos’ en sus obras (“La Guerra de los Mundos”, “Los primeros Hombres en la Luna”, “John Carter de Marte”, “Trilogía Espacial”), si bien infundiendo un fuerte componente científico en sus obras (especialmente en el caso de H.G Wells, visionario en muchos campos de la tecnología)

Sin embargo, este optimismo, esta ‘facilidad’ para alcanzar estos mundos, como un ‘destino manifiesto’ de la humanidad, no era universalmente compartido. Cecil Rhodes, poderoso magnate y ferviente defensor del colonialismo e imperialismo británico, se lamentaba (de modo similar a Alejandro Magno) de que habría mundos que nunca podría colonizar: “Pensar en estas estrellas que ves en lo alto por la noche, estos vastos mundos a los que nunca podremos alcanzar. Anexaría los planetas si pudiera; A menudo pienso en eso. Me entristece verlos tan claros y tan lejanos «

«¿Seremos nosotros los extraterrestres?«

Pequeño Update de Vida (O cómo hacerse Youtuber en tiempos de pandemia, y que te paguen de verdad por ello)

Nota: Antes de empezar a hablar y decir bocanadas, espero y deseo que estáis todos bien, y que el confinamiento y el puñetero virus no os haya perjudicado mucho. Todos mis mejores deseos con vosotros. Y ahora, a lo que vamos.

¡Hooola! Que taaal… 😬🙄 …

Esto…. vamos hacer como si no llevase casi un año y como si no pasara nada, ¿verdad? Incluso con el tiempaco libre que (pensareis) he debido de tener con la pandemia (que es verdad, y al mismo tiempo, no), no he tenido ni la poca vergüenza de dejarme caer…
Pues de eso vengo a hablar. Y de más cosas, pero sobre todo de eso.

Porque en verdad, no he dejado de bloguear en estos meses

En realidad, me he vuelto bloguero* a tiempo completo, y me pagan por ello.

Entre otras cosas, yendo con ese sueldecillo a Berlín (pocos días antes del decreto de Estado de Alarma)

Como ya vine contandoos en las [una] [dos] y [tres] entradas anteriores, lo de ser profesor (interino) de Tecnología en los institutos de Educación Secundaria de Andalucía… lo estoy gozando de lo lindo. El año pasado en Luque, un pequeño pueblo de la Subbética cordobesa, y este en Pozoblanco, capital de facto del Valle de los Pedroches, famoso pueblo cordobés conocido por la leche COVAP, porque «la Manada» hizo otra de sus jugadas, y porque aquí murió Paquirri. Ah, y porque la Maranga a veces se aparece en sus carreteras…

Ahora en serio, lo he estado pasando estupendamente en Pozoblanco. Amigos y compañeros estupendos, en el durante me he metido dos viajes del ala (uno a Copenhague y otro a Berlín), y lo más bonito, unos alumnos que son un primor, nobles como ellos solos, y que hasta me trataban de ‘don’ (las entrañables cosas de los pueblos). ¡Y todo eso solo en cuatro meses!

Talleres de Tecnología en las jornadas de «puertas abiertas» para los alumnos de nuevo ingreso.

Claro, hasta que se apareció el tiranovirus

Sigue leyendo

El Diseño Industrial, la Tecnología y la Ciencia en España (Sobre el Diseño Industrial, 2)

Nota: Esta es la segunda parte de una serie de entradas relativas al diseño industrial (primera parte aquí), originalmente destinadas a ser parte de otro proyecto; que en la forma en que estaba originalmente concebido, nunca vio la luz. Ahora rescato estas entradas.

España, a pesar de su larguísima y renombrada historia afortunadamente plagada de gigantescos nombres en el campo de las artes (Picasso, Cervantes, Goya, Quevedo, Velazquez, Lope de Vega, Dalí, o García Lorca… bien sabéis que la lista es larga), jamás ha destacado a nivel mundial en el campo de las ciencias o la ingeniería.

  • Miguel Servet, Ramón y Cajal y Severo Ochoa (todos en el campo de la medicina) ni mucho menos son, y pese a quien le pese, nombres instantáneamente reconocibles fuera de la esfera hispana o de sus campos de conocimiento específicos. 
  • En el campo de la ingeniería se suele citar a Juan de la Cierva, creador del autogiro, como nuestro inventor más renombrado: aunque no carece de mérito, hablamos en un campo específico -el de la aeronáutica- en el que es posible citar literalmente a cientos de personas con logros de calado similar. Mientras, nombres como el de Monturiol o Jerónimo de Ayanz han quedado enterrados por la historia, y solo recientemente se les está empezando a reclamar.
  • Finalmente, en el campo de las ciencias básicas cómo la física o la química, no nos queda otro remedio que calificar el premio como desierto. Y mejor ni hablemos de las matemáticas…

Así pues, ¿por qué no hay un ‘Lopez‘ o un ‘García’ entre los Newton, Einstein, Gauss, Euler, Curie, Mendeleiev, Tesla, Maxwell, Faraday, Galileo, Darwin, Copernico, Edison, Böhr, Hawking…?

¿Acaso no ha habido aquí, no hay, grandes mentes… o sencillamente, la sociedad de su época los ignoró, y los seguimos ignorando?

Juan de la Cierva, junto a un modelo de autogiro

En España, el maltrato a la ciencia y la ingeniería ha sido históricamente sistemático. Incluso en la aún presente crisis económica hemos visto como los gobiernos recientes han medrado deliberadamente el presupuesto dedicado a I+D, y el desprecio y desconocimiento de gran parte de la población general hacia la ciencia y la innovación sigue dolorosamente presente. Cientos de jóvenes ingenieros y científicos de extraordinario talento (y a menudo con demostrada y sólida trayectoria) siguen siendo sólo reconocidos fuera de España. En el campo de la ingeniería, sólo en los últimos años hemos empezado a destacar en campos como el del tren a alta velocidad o turbinas eólicas. Pero eso no impide que en nuestro siempre comparativamente pobre tejido industrial (pues no olvidemos que aquí la revolución industrial llegó tarde, y de forma muy localizada, algo de lo que nunca nos hemos recuperado plenamente), el diseño industrial necesariamente ha sido perjudicado.

El diseño industrial, o el diseño a secas, como confluencia de estos dos aspectos de la naturaleza humana (combinar lo útil con lo bello, la tecnología con el arte, la artesanía con la industria, la razón con la emoción), ha tenido históricamente una situación bastante precaria en España. Podríamos también hablar de falta de confianza, y también de autoestima, en lo ‘Made in Spain’, y preguntarnos por qué otros países del entorno mediterráneo (y pienso en Italia) son referente a nivel mundial de diseño y nosotros no, algo aún más irónico teniendo en cuenta el portentoso músculo en lo que respecta a ilustradores, dibujantes, arquitectos y artistas que siempre hemos lucido, colocando a España, como en tantos otros campos, en un lugar mucho más bajo del que creemos que le corresponde. Pero aún no estamos tocando la tecla.

Rafael Marquina, junto a su mítico diseño de aceitera antigoteo

 

La clave es probablemente un recelo mutuo entre artistas e ingenieros. El Diseño Industrial, si bien es cierto que este número crece, sigue sin ser una rama de la ingeniería que se oferte en muchas universidades españolas; y ni siquiera goza de conocimiento entre el público general.

  • Tenemos por un lado, preparadísimos artistas salidos de las facultades de Bellas Artes pero con pobres conocimientos sobre ciencia básica, matemáticas o física, y no pocas veces contaminados por vertiente falsamente humanista que les hace recelar de cualquier cosa que suene a tecnología o industria. ‘Viabilidad’, ‘técnica’, ‘normativas’, ‘fabricabilidad’, son todas palabras tabú, ataduras y jeroglíficos para muchos de estos profesionales, que recelan de cualquier aspecto que cercene su creatividad.
  • Y por el otro lado, ingenieros (y también ejecutivos, directivos, gente de negocios, y un sustrato general de la población), desconocen cuando no desprecian la tarea del diseñador, al que en demasiadas veces consideran prescindible, y se sienten capaces de suplantarles en su tarea.

Sin embargo, con los años la marca España, al menos en el mundo de la moda, ha logrado obtener un nombre propio. En los años de bonanza, propios de la burbuja del ladrillo, España también basó buena parte de la economía en el fabricación, y desde luego el diseño, de mobiliario y decoración para el hogar. Tal vez, y solo tal vez, en este nuevo escenario, en esta etapa de reconversión industrial, de cambio de paradigma y de oportunidades de renovarse; tal vez al fin haya llegado el verdadero turno del Diseño Industrial Español, con nombre propio.

Una industria capaz de aportar valor añadido, capaz de diferenciarse, aportando calidad, saber hacer, y sin duda, pasión, que es una de los valores que más nos caracteriza.

Referencias: